La guerra también se libra con rumores. Y en México, donde la información oficial suele llegar tarde, incompleta o estratégicamente dosificada, el silencio termina siendo gasolina.
Hoy no sabemos si El Mencho es realmente El Mencho. Oficialmente nada. Extraoficialmente todo. La violencia desatada por su gente parecería confirmar su identidad, pero en este país las apariencias ya nos jugaron antes una mala pasada. Basta recordar el caso de Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos. Se anunció su muerte, se exhibieron fotografías de un cadáver que poco se parecía al capo en vida y, sin embargo, el mito sobrevivió. Después vinieron las versiones tropicales: que vivía tranquilo en otro país, sin sobresaltos ni persecuciones.
Hoy el guion se repite. Cambian los nombres, no las dudas.
La desinformación —ese brazo armado de toda guerra— está cumpliendo su tarea. No sólo desorienta al enemigo; también erosiona la confianza interna. Ni siquiera sabemos con certeza cuántos militares han caído. Se habla oficialmente de poco más de 20. Pero otras versiones elevan la cifra a más de 120 soldados muertos, muchos en emboscadas. ¿Cuál es la verdad? ¿El Ejército no sabe contar? ¿O alguien decidió que contar completo era políticamente inconveniente?
La opacidad hiere más que la bala. Porque cuando el Estado administra la información como si fuera secreto de familia, deja campo abierto al rumor. Y el rumor, en tiempos violentos, suele imponerse.
Pero hay otro frente, menos ruidoso y quizá más revelador.
En Sonora todo hace indicar que Morena no repetirá en el gobierno. El primer elector en la entidad, el gobernador Alfonso Durazo, parecería no confiar plenamente en los perfiles que su propio partido baraja. Y cuando no hay confianza en la estructura, se recurre a lo único seguro: la familia.
Si por la víspera se saca el santo, el elegido sería Luis Donaldo Colosio Riojas.
Para Durazo sería más confiable. Así lo ha dejado entrever el propio Colosio: “Durazo es familia”. Y el círculo familiar es cerrado. Hermético. Como en las viejas monarquías donde la sucesión no se discute en asambleas, sino en sobremesas.
Obviamente Morena tendrá candidato o candidata. Las siglas pesan. El aparato existe. Pero sin el respaldo real del gobernador, la estructura se vuelve cascarón. Y en política, como en la guerra, nadie se lanza al campo sin saber quién sostiene la retaguardia.
Pareciera que algo huele a desconfianza entre correligionarios. Tal vez el mandatario sonorense prefiere apostar a una relación de lealtad personal antes que a una disciplina partidista que, llegado el momento, puede evaporarse.
Todo queda en familia.
Y mientras el país exige transparencia en los partes de guerra, en los números de caídos y en la identidad de los capos, en los estados también se cocina en voz baja la sucesión anticipada. No con balas, sino con apellidos.
La confianza pública se erosiona cuando no sabemos cuántos soldados murieron.
Pero también cuando entendemos que la política empieza a parecer herencia.
Y en México ya tuvimos suficiente con los cacicazgos.
Porque la peor derrota no siempre es militar.
A veces es institucional.
Y otras, simplemente familiar.