El expresidente López Obrador dijo muchas veces que no deseaba monumentos. Le han cumplido su deseo. En cambio, el antimonumento a Andrés Manuel cada día acumula más y más cobre.
A menos de año y medio de su sexenio, quien todo quiso que fuera en torno suyo ahora paga por lo que dejó hacer y pasar de 2018 a 2024. El balance de la Historia con mayúscula está lejos de llegar, pero el de la historia de lo inmediato (Leduc dixit) lo descarapela sin piedad.
Ése que corrió a las y los ministros acusándolos de dispendiosos, y poniendo de ejemplo su “sólo tengo un par de zapatos” –y a veces sin lustrar–, hoy es exhibido por su herencia: la Corte viaja en Gran Cherokee y tiene un presidente que ufano se deja limpiar el calzado.
Quien tanto denunció abusos del cuerpo diplomático anterior, premió a quien detuvo la partida de un avión comercial enviándola a la embajada en Londres a practicar en los empleados el amorosísimo obradorismo al son de: “si yo te digo que te hinques, te hincas”.
El que dijo que la corrupción de antes era impensable sin que el presidente de la República no se enterara de los cochupos, nunca vio el esquema de huachicol en la Marina ni a su hermano tabasqueño poner a un delincuente de jefe de la policía de su patria chica.
No pasa semana sin que el genio político de AMLO quede en entredicho. Hoy su exconsejero jurídico dice lo que tantos dijeron durante el sexenio pasado: que Jesús Ramírez le hacía daño, que no ayudaba, que le ensuciaba el oído. ¿Dónde quedó el gran zorro?
Y, para no saturar de ejemplos, el sainete de Marx Arriaga –tan entretenido por el morbo de atestiguar la vanidad morenista como útil al gobierno para distraer de cosas importantes como la violencia– aporta evidencia de otra falla de su transformación (es un decir).
Al ego de Andrés no le dio para pedir las renuncias a sus entenados. Quiso una sucesión acotada, amarrada, y ahora nadie, sean propios o extraños, puede culpar a Claudia Sheinbaum del desprestigio que Morena paga por los desfiguros del Marx nuestro de cada mes.
La marcha del gobierno está lejos de ser perfecta. Resulta, en cambio, notable cómo la enorme mayoría de los escándalos desde octubre de 2024 corren a cargo de cuadros que no puso la presidenta. En el pecado, López Obrador tiene aún mucha penitencia por pagar.
Cortar el cordón umbilical hace que cada cual respire por su lado. Él quiso una continuidad hechiza al colocar valladares en el Congreso y en no pocos despachos. Esos cuadros se creyeron coautores del cambio y, por ello, dueños sexenales de una plaza o posición. Pobres.
AMLO ordenó que el culto a su personalidad no se materializara a la vieja usanza en estatuas y placas conmemorativas. A saber si creyó que dejar un vacío iconográfico haría más evidente la ausencia de su figura, más ubicua la nostalgia por su popular voz.
Si eso pretendía, debió afanarse en despejar el nuevo ciclo gubernamental de gente que, habiendo llegado al poder con él, al permanecer iban a ser un recordatorio del causante de su presencia, del responsable, o irresponsable, de errores pasados o actuales.
La presidenta Sheinbaum no ha escatimado lealtad al expresidente. Corrige sin quejarse, mejora sin protagonismo.
Son otros los que, en su nombre, se afanan en desacralizar al líder en quien se escudan para evadir la realidad: si es que alguna vez fueron útiles, hoy estorban y hasta manchan la figura del fundador.