Columna invitada

La Constitución ha muerto

Columnas

Cuando Friedrich Nietzsche, en “La gaya ciencia” desafía la solemnidad filosófica y pronuncia su célebre sentencia: “Dios ha muerto”, no se refiere necesariamente a la muerte de lo sagrado, sino a la influencia que la religiosidad perdió sobre la conducta social. “Lo hemos matado, ¡vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos unos asesinos!… ¿Hacia dónde se mueve (la Tierra) ahora?… ¿No viene continuamente la noche, y más y más noche?… ¿No oímos todavía nada del ruido de los enterradores que están enterrando a Dios? ¿No olemos todavía nada de la pudrición divina? ¡También los dioses se pudren! ¡Dios ha muerto! ¡Dios seguirá muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!” (Edaf. p.185).

Pues igualmente, hoy, en su cumpleaños, la Constitución mexicana ha muerto. La hemos matado vosotros y yo. Todos somos asesinos. La oposición por nuestra ineficacia; la sociedad por su indiferencia, en muchos casos anestesiada con dádivas gubernamentales; algunos medios por aceptar el bozal; muchos empresarios por aceptar el embuste del embute, otros por cobardes y el gobierno por ladrón.

¿Hacia dónde se mueve México ahora?, porque contrario al Dios difunto de Nietzsche, el ruido de los enterradores de nuestra Ley Fundamental es ensordecedor, y hiede la pudrición de la Constitución en todo el país. No hay límites al poder; en los poderes judiciales donde debía vivir la regla, reina la coima; muchos litigios se resuelven desde los conflictos de interés y las relaciones partidistas; unas sentencias son redactadas en despachos de rábulas. Sólo los ingenuos creen en aquello del “parámetro de la regularidad constitucional”, “la declaratoria general de inconstitucionalidad”, “los órganos constitucionales autónomos”. Para ganar un asunto vale más el “conocer” al juez que atenerse a su sabiduría.



La Constitución ha muerto porque no tiene quien la defienda. Los encargados de protegerla antes buscan su personal resguardo en camionetas Cherokee blindadas, o se disfrazan con colores de pueblos originarios y “bastones de mando” sin autoridad. Arrastran la toga frente al poder.

La defensa de la Constitución, en un gobierno de izquierda, dizque progresista, que hablaba de derechos humanos y se rasgaba las vestiduras exigiendo democracia, acabó en manos de la Jefa del Estado, como quería Carlos Schmitt, el cercano a Adolfo Hitler. Todo es político nada es jurídico. Si alguien quiere saber el sentido de un fallo judicial, puede sembrar una pregunta con un chayote a un periodista prostituido, porque vale más una declaración de la Presidenta en una conferencia mañanera con periodistas paleros, que una deliberación jurídica, donde se decantan argumentos en un Tribunal Constitucional como quería Hans Kelsen.

El guardián de la Constitución debía ser esa Corte Suprema, porque la Constitución nos protegía técnica y positivistamente a todos, y le daba un poder de “anular” las leyes del Legislativo o decisiones del Ejecutivo contrarias a esa Carta Magna, suscrita por todos y obligatoria para todos. Nada de eso existe. Kelsen es daño colateral. La Constitución ha muerto. La hemos matado todos. La enterrará Morena en medio de la hediondez irrespirable que ya despide su reforma electoral y la violencia sin cesar. Ojalá no descanse en paz.

Germán Martínez

Germán Martínez Cázares es abogado y político mexicano, actual diputado federal y miembro del PAN. Ha sido presidente del partido, senador, secretario de la Función Pública y director del IMSS.

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