La muerte de la cabeza de la organización criminal más poderosa de México deja constancia de la determinación de la presidenta Sheinbaum de poner fin a los apapachos que su antecesor ofrecía a los criminales. En la demagogia del populista, los criminales eran víctimas de un modelo económico. Los narcotraficantes, los secuestradores, los sicarios eran buenos mexicanos que no tuvieron más remedio que delinquir. En el momento en que el país ofreciera oportunidades y tuviera un gobierno limpio, los sufridos delincuentes cambiarían las armas por empleos dignos. La fórmula de “atender las causas” era el mantra de la renuncia, si no es que de la complicidad. El cobijo de esos abrazos entregó el país a los despiadados.
Lo que dicen y festejan las autoridades no tranquiliza a nadie. Lo que vemos a diario, lo que transmiten los medios, lo que escuchamos por todos lados incrusta el miedo en la columna de cada uno de nosotros. Los datos que dio a conocer hace poco el INEGI retratan ese imperio del miedo. A fines del 2025, el 64% de los adultos en 91 ciudades de México consideraron que su ciudad era insegura. 7 de cada 10 mujeres en el país tiene miedo de caminar donde reside. El triunfalismo oficial no corresponde con el ánimo colectivo.
La Presidenta está urgida de resultados en materia de seguridad. La batalla por la tranquilidad es impostergable. El reclamo viene de dentro y de fuera. Es grito de las mujeres y exigencia de empresarios. Es requisito de crecimiento y condición de convivencia. La inseguridad es la chispa que puede encender el descontento electoral hasta ahora apagado. El control territorial de los criminales puede ser el pretexto que provoque una intervención norteamericana. Por todo ello el bote no puede seguir pateándose. La Presidenta lo sabe y debe saber también que el camino hacia adelante es en extremo peligroso. No basta mostrar determinación, es indispensable inteligencia, tenacidad, cooperación y diálogo con un gobierno caprichoso y arbitrario. Al momento en que escribo este apunte, el gobierno no ha dado una versión clara y detallada de lo que ocurrió el día de ayer. Imágenes del caos, incendios, quemazones, reportes de crímenes sin fin y el silencio gubernamental.
Vendrán días, semanas, meses de mayor tensión, de mayor violencia, de más sangre. La muerte del capo no anticipa tranquilidad sino todo lo contrario. Habrá venganzas y pleitos por el control de uno de los conglomerados criminales más poderosos del mundo. A la guerra de Sinaloa que sigue sin paz a la vista, se suma otra guerra en un territorio mucho más amplio del país. El imperio de esa mafia de Jalisco se extiende prácticamente por todo el país. Tras la muerte del criminal, el gobierno de Claudia Sheinbaum enfrentará la temporada más compleja, más riesgosa de su mandato. Lo hará con un liderazgo cuestionado al interior de su coalición y bajo la terrible amenaza de la intrusión norteamericana.