“En una galaxia no muy lejana” hubo un tiempo en el que el obradorismo llamaba a las redes “benditas”. Absolutamente heroicas cuando servían para amplificar lo que el candidato —que luego pasó a ser presidente— consideraba viejos agravios. Era, por decirlo de alguna manera, el pueblo bueno, con un plus: estaba digitalizado y organizado. La regeneración nacional vía internet…
Pero ahora que el WiFi también critica, pues resulta que esas mismas redes sociales incomodan. ¡Qué digo incomodan! ¡Son peligrosas y subversivas! Fuchi caca, diría “El Cacas”.
La reforma electoral finalmente presentada ayer por la presidenta Claudia Sheinbaum propone algo que, en un primer plano, así por encimita, suena técnico, aséptico, incluso responsable: que el árbitro electoral pueda ordenar, en tiempo real, durante campañas electorales —subrayemos esta parte— bajar de redes y de internet contenidos que el INE —que ahora es un apéndice del Ejecutivo Federal— considere desinformación. Lo traduciré a un español menos diplomático: que el Estado pueda decidir qué se queda y qué se borra mientras los procesos electorales están ocurriendo. No después. No tras una determinación. No con sentencia en firme. Así, en caliente. Una especie de prisión preventiva electoral. En el momento en que la narrativa importa.
Y es aquí donde empieza el problema. Porque en México (en otros países también), los bots del régimen no son una teoría conspirativa. Son una verdadera —y lucrativa— industria. Figúrense ustedes: operan con nombres pintorescos y disciplina cuasi militar; cuentas como Catrina Norteña, enjambres de perfiles con banderas, fotos genéricas y biografías calcadas que activan hashtags al unísono. Campañas de nado sincronizado 4T pagadas con nuestros impuestos. Las famosísimas “granjas digitales” que convierten consignas en tendencia en cuestión de minutos. Coordinación perfecta: a las 7:03, todos indignados; a las 8:07, todos patriotas; a las 9:12, todos citando el mismo argumento. Y luego viene Presidencia a hablarnos de moral digital, de ética electoral… ¡Por favor!
Así que no nos distraigamos. El punto que nos debería incomodar es otro: ¿quién ha perfeccionado durante años el mecanismo que hoy atacan? ¿Quién entendió antes que nadie que la conversación digital define reputaciones, lincha adversarios y santifica lealtades? ¡Exacto! YSQ.
Pero ahora resulta que el problema son… los bots. Pero no los suyos, claro.
La reforma no solo habla de tecnología. Habla de facultar al INE para ordenar remociones inmediatas. “En tiempo real” es la frase clave, pues significa sin proceso exhaustivo, sin contradicción amplia, sin garantías robustas. Así las cosas, el tiempo real está sujeto a la discrecionalidad absoluta.
Repito, el argumento oficial suena noble: proteger a la ciudadanía de campañas sucias y noticias falsas. El problema es que en política la “noticia falsa” suele significar “noticia incómoda”. Si mañana circula un video o una imagen que afecte al partido en el poder en plena campaña, ¿se bajará por “desinformación” mientras se verifica? Entendiendo que “verificar” nunca ocurrirá. Si un hashtag orgánico explota por una torpeza gubernamental, ¿se suspenderá por sospecha de manipulación? Si una crítica se vuelve viral, ¿será clasificada como operación coordinada?
Hay algo que todos entendemos del futbol, ¿qué no? Sabemos bien que el árbitro no puede jugar y pitar al mismo tiempo. Pero aquí se pretende que también controle el micrófono del estadio. Eso no es regulación; es administración estratégica del silencio. Porque, además, el precedente importa. Si hoy se justifica por bots, mañana se amplía por “discursos de odio”; pasado mañana, por “estabilidad institucional”.
Es importante saberlo: las democracias muy pocas veces mueren con un decreto espectacular, con un “estruendoso aplauso”; se erosionan con mecanismos aparentemente bien intencionados. De hecho, lo paradójico —y aquí la ironía alcanza niveles olímpicos— es que quienes dominaron el arte del enjambre ahora piden extinguirlo… siempre que no les pertenezca.
Las redes sociales no son un convento ni un santuario. Son un mercado brutal de ideas, de propaganda, de exageraciones y también de mentiras. Pero la libertad de expresión no fue diseñada para proteger lo cómodo; fue diseñada para proteger lo incómodo (así sean exageraciones o mentiras).
Entregarle al poder la facultad de borrar en tiempo real lo que considere falso es darle el botón de “silenciar” al jugador más fuerte de la cancha. Y la historia demuestra algo simple: cuando el poder tiene un botón, lo usa.
¿De verdad vamos a permitir que el gobierno tenga permiso para decidir qué conversación política puede sobrevivir durante una elección? Porque cuando el Estado comienza a vigilar la plaza pública digital con la excusa de protegerla, lo que termina protegiendo casi siempre es a sí mismo.
Giro de la Perinola
Y hay un trascendido lógico —no declarado, pero evidente—: esta facultad permitiría congelar narrativas adversas durante las horas críticas de una campaña. No necesitas censurar permanentemente. Basta con apagar el incendio digital durante 48 horas. En elecciones cerradas, 48 horas son una E T E R N I D A D.