Un año duró el forcejeo. Al final, Adán Augusto López dejó la coordinación del grupo parlamentario de Morena en el Senado, a la que se había aferrado como a un clavo ardiendo. Se fue, no por una decisión personal, como dijo la presidenta Claudia Sheinbaum, sino porque perdió el torneo de vencidas desde que, a principios de año, el gobierno de Estados Unidos dio un nuevo manotazo en la mesa e hizo saber al gobierno mexicano que sus investigaciones habían llegado ya a la esposa del senador, y se hallaba listo para congelar bienes y activos de los socios de este: millonarios contratistas en todos los negocios y todas las dependencias en las que al grupo Palenque le fue posible obtener jugosos contratos.
El gobierno de Trump amenazó incluso con formalizar la solicitud de extradición de Hernán Bermúdez Requena, el exsecretario de seguridad de Tabasco durante la gestión de López Hernández como gobernador de ese estado y líder, al mismo tiempo, del grupo criminal La Barredora.
La ratonera terminó de cerrarse para el “hermano” y exsecretario de Gobernación de Andrés Manuel López Obrador hace unas semanas, durante su última reunión con Sheinbaum. La presión proveniente del norte era ya tan seria que se estaban agotando los caminos para darle al líder de los senadores una salida digna tras el rosario incesante de escándalos de corrupción, millonarios ingresos, presunta evasión fiscal y complicidades criminales que lo rodeaban, muchos de los cuales fueron filtrados incluso desde el Zócalo, y viralizados en nado sincronizado por las huestes digitales que se hallan en la nómina y obedecen las órdenes de Jesús Ramírez Cuevas.
En septiembre del año pasado, luego de que en The Wall Street Journal y The New York Times aparecieran reportajes sobre la infiltración del crimen organizado en la política mexicana y el nombre de Adán Augusto apareciera mencionado, justo cuando arreciaban ataques y revelaciones tanto en redes sociales como en medios de comunicación, el senador declaró que sabía de quién y de dónde venían dichos ataques. Aunque más adelante matizó y culpó a la “derecha” de las filtraciones, aquel cúmulo de información solo podía llegar desde las alturas del poder.
Sheinbaum sabía que tenía en el Senado a un adversario, impuesto por López Obrador, que desde el arranque del sexenio formaba parte del grupo de los intocables. El factor Trump lo cambió todo para Adán Augusto, para López Obrador y para la propia presidenta.
Desde principios de agosto de 2025 se supo en Palacio Nacional que el exsecretario de Gobernación estaba siendo investigado por el gobierno estadounidense desde el más alto nivel. Hubo continuos extrañamientos ante la Presidencia porque a pesar de esa información se le mantenía en el Congreso.
López Hernández también se creía intocable. Se negó a hacerse a un lado en lo que se aclaraba el caso Bermúdez Requena y no solo eso: hizo saber a Claudia Sheinbaum que esperaba el respaldo de los legisladores, los gobernadores y el resto de “los que no son iguales”. Como se recordará, muchos de ellos (entre otros, Alfonso Durazo) lo respaldaron.
Pronto llegó desde Palacio una indicación en la que se pidió que la presidenta de Morena dejara de defenderlo: frente a la evidencia, su discurso sonaba tan vacío que no hacía sino ahondar la percepción de que el cinismo y la impunidad —era el verano VIP de Andy, Mario Delgado, Ricardo Monreal y otros— eran el sello de la casa de la 4T.
Fue en ese tiempo cuando vino la peor andanada en contra de Adán Augusto y se revelaron sus conflictos de intereses, sus discrepancias fiscales. Al mismo tiempo, el poderoso secretario estadounidense Marco Rubio, el subsecretario y exembajador Christopher Landau y el embajador Ronald Johnson seguían insistiendo en el alto costo para la relación bilateral que significaba la pasividad del gobierno mexicano y la protección que seguía dando a políticos que habían permitido o se habían involucrado en las actividades del crimen organizado.
López Hernández atravesó semanas enteras de golpeteo y turbulencia: un periodo de crisis alimentado por la interminable lista de sus excesos y sus escándalos. En el último tercio de 2025 se esperaba la estocada con la que el gobierno de Sheinbaum finalmente se lo quitaría de encima. Se filtró la existencia de varias horas de audios en poder de Omar García Harfuch, otro de los operadores de su caída.
De pronto, cuando el tabasqueño se encontraba ya en el piso y sangrando, el asedio cesó de manera brusca. Fuentes de Palacio tienen la versión de que López Obrador intervino para exigir que al caso Bermúdez se le diera carpetazo y a Adán Augusto toda la protección, puesto que la madeja enredaba también a sus hijos y al final a él mismo.
Sin embargo, la tumba ya había sido cavada y la cavó el gobierno de Estados Unidos.
En la misma reunión donde a López Hernández se le hizo saber que la salida, por lo pronto, era su separación de la coordinación de la fracción parlamentaria de Morena, se avisó al líder de los diputados de Morena, Ricardo Monreal, que las investigaciones de las agencias estadounidenses también lo habían tocado a él, así como a su entorno familiar.
Un día después de la separación de Adán Augusto, quien de momento rescató el fuero y supuestamente prestará servicios al partido a ras de piso, de cara a las elecciones del próximo año, Monreal dio a conocer que tiene firmada su carta de renuncia, “aunque nadie se la ha solicitado”, porque ha llegado el momento, dijo, del “relevo generacional”.
En 2026 terminó para muchos la borrachera de poder. La resaca viene fuerte, y lo peor es que todo indica que ha llegado la hora de pagar la cuenta.