Estoy bien, emocionalmente bien y, afortunadamente, me encuentro con vida, me dijo Elizabeth Montoya.
Hace unos días escribí aquí que, si tenía el privilegio, le preguntaría por la fortuna, el azar, Dios, la fragilidad humana.
Ayer —al cumplirse tres semanas del ataque a balazos que sufrió en Culiacán y que le arrebató un ojo y, ahora sé por ella, le dañó parte del rostro—, pude hacerlo. La diputada Elizabeth se expresó con serenidad. Con una voz clara y limpia, sin rencor.
“Estoy muy agradecida, aquí sigo, con mucho que hacer, no me rindo”, puntualizó desde su Culiacán, en donde se recupera. “Soy una mujer de fe que cree en Dios.
Para mí, estar viva es un milagro”. Describió situaciones y sentimientos que me son propios. No hubo amenazas previas. No tenía problemas con nadie. No sabe quién quiso matarla ni por qué. Ni siquiera tuvo tiempo de asustarse: todo ocurrió en segundos. Le dije que cuando regrese —ojalá sea pronto—, volverá con la fuerza adicional del sobreviviente.
“Estoy consciente de ello y de que este acontecimiento se puede revertir para bien”, expresó sin grandilocuencia. Y añadió: “De cosas fatales pueden surgir cosas buenas; amo mi trabajo desde el sector público y regresaré al Congreso a trabajar por los niños y los adolescentes, y para tratar de que algún día se acabe la violencia en México”. Gracias, Elizabeth. La vida sigue y puede ser mejor.