No fue un Super Bowl, fue un mitin. No un medio tiempo, sino un manifiesto. Bad Bunny, el artista más escuchado del planeta y el más incómodo para los supremacistas, brincó de la tarima a la trinchera política con el mismo ritmo con el que mueve multitudes. Y lo hizo en la cancha más gringa de todas: el Super Bowl.
Apareció envuelto en una producción millonaria, respaldado por la NFL y ovacionado por millones de jóvenes, pero con el cuchillo entre los dientes. Le metió un gol —perdón, un rapazo— a Donald Trump y a su política antiinmigrante, como si no fuera la liga, sino la ley lo que se estaba jugando ese día.
La cosa no fue menor: en ese instante, frente a millones de televidentes, un puertorriqueño hizo trizas el discurso del muro, del “go back to your country”, del “Make America White Again”. El reggaetón fue más que música: fue misil. Y eso, en un país que tiene a la población tan polarizada, pesa.
Lo que todavía no sabemos es si esto fue un error de cálculo o una jugada maestra de la NFL. Porque si le atinan, si la jugada les resulta, se convierten en el nuevo oráculo electoral, más influyente que CNN o el New York Times. Pero si fallan, prepárense para la visita del Tío Trump.
El Conejo Malo movió conciencias, sí… pero también preferencias electorales. “Fue el show más politizado de la historia del Super Bowl”, coincidieron los que se creen boomers mientras apagaban el televisor.
Al menos uno de los dos candidatos presidenciales será de raíces latinas. O quizá los dos. Si los demócratas insisten con su guiño multicultural, y los republicanos deciden, por fin, usar más el español que para leerle los derechos a un migrante detenido, podríamos estar ante una próxima campaña electoral donde el español suene más que el country.
Tal vez México debería entender que, en esta época, hasta el entretenimiento tiene consecuencias políticas. Que la cultura pop ya no es solo distractor, sino catalizador.
Y que, aunque aquí aún discutimos si los artistas “deben hablar de política”, en otras latitudes ya están decidiendo elecciones desde el escenario.
Nos guste o no, la música ya es ideología.
A ver si aprendemos.