Algo se movió en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Y no fue el aire acondicionado.
De pronto, el embajador Esteban Moctezuma Barragán aparece en medios estadounidenses fijando postura; el subsecretario Roberto Velasco Álvarez responde en redes sociales a congresistas republicanos; y el canciller Juan Ramón de la Fuente eleva el perfil con agenda propia, esta semana concentrado en la ayuda humanitaria a Cuba.
Milagro diplomático. O jalón de orejas.
El mensaje desde Palacio fue claro: la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no puede seguir siendo la única que salga a responder cada embate desde Washington. Durante todo el año pasado, la escena se repitió con puntualidad: crítica desde Estados Unidos, respuesta desde la mañanera. Desgaste innecesario. Exposición constante. Y silencio incómodo en Bucareli.
Eso, dicen en el staff presidencial, se acabó. O habría cambios.
Dos carriles, una frontera
Hoy la relación con Estados Unidos corre por dos vías claramente diferenciadas.
Por un lado, el carril de la seguridad, encabezado por Omar García Harfuch, donde los acuerdos con Washington fluyen con pragmatismo quirúrgico. Reuniones de alto nivel, intercambio de inteligencia, coordinación con Sedena y Semar. Ahí no hay discursos, hay operaciones.
Por el otro, el carril diplomático-político, administrado por la Cancillería. Declaraciones, posicionamientos, control de daños.
No es casual que en los últimos encuentros en materia de seguridad la SRE haya estado ausente. De la Fuente quiso estar en la reciente reunión en Washington junto a Harfuch y los mandos militares. Le recomendaron permanecer en la Ciudad de México.
Traducción: cada quien en su cancha.
La prueba de fuego
En la SRE entienden el diagnóstico: De la Fuente, Velasco y Moctezuma son interlocutores hábiles en tiempos de estabilidad. Saben construir relaciones, organizar agendas, tejer fino.
Pero la duda no es técnica. Es de resistencia.
¿Qué ocurre si la tensión escala? ¿Si desde el Capitolio se impulsa la narrativa de intervención? ¿Si el tema del narcotráfico deja de ser retórico y se convierte en operativo?
En la última reunión de embajadores y cónsules, en enero, quedó expuesta una carencia delicada: no hay todavía una estrategia discursiva sólida frente al eventual escenario —remoto, pero no imposible— de una operación militar estadounidense en territorio mexicano.
Y en un mundo donde los organismos multilaterales pierden peso y manda la relación bilateral cruda y directa, esa omisión no es menor.
Diplomacia de contención
El viraje en la Cancillería no es espontáneo. Es correctivo.
La presidenta necesita amortiguadores. Voces que salgan al frente antes de que el golpe llegue directo a Palacio. La política exterior dejó de ser protocolo y volvió a ser defensa.
Porque si algo ha demostrado la relación con Estados Unidos es que la frontera no solo divide territorios: divide tiempos políticos. Allá inician campañas, acá tiemblan los mercados. Allá un congresista lanza una frase, acá se incendian las redes.
Y en ese intercambio desigual, el silencio se interpreta como debilidad.
¿Están listos?
La pregunta no es si la SRE ya habla. Eso es evidente.
La pregunta es si está lista para sostener la voz cuando suba el volumen.
Porque una cosa es responder en redes sociales a un legislador como Carlos Giménez, y otra muy distinta es enfrentar una crisis diplomática de alto calibre.
El bisturí apenas empieza a cortar.
Y del otro lado de la frontera no suelen anestesiar.
Se dice que hay un choque entre la presirvienta y el amo en palenque.