En Morena no hay crisis. Hay familia. Y cuando la familia se mete a la política, la política estorba.
Andy López Beltrán no se va del partido: lo están sacando. Primero lo marginan de la definición de candidaturas, luego lo relevan en la Secretaría de Organización y, finalmente, lo empujan con suavidad hacia una diputación federal en 2027.
No como premio. Como salida. El mensaje es claro: aquí ya no mandas, pero tampoco te vayas a hacer ruido.
Dicen que en Morena tomó decisiones sin consultar a la dirigencia, actuó como si el partido fuera extensión de su herencia y terminó chocando con la realidad: Su padre ya no es presidente, es Claudia Sheinbaum, Luisa María Alcalde dirige el partido y él ya no es intocable.
Se dice que por eso el repliegue. Por eso Tabasco. Por eso San Lázaro como refugio.
Ahí entra Adán. El senador que renunció a la coordinación de la bancada de Morena y a la presidencia de la Junta de Coordinación Política. Oficialmente, se fue por decisión propia. Extraoficialmente, para volver al sur y ayudar a quien siempre ha ayudado. Primero negó que fuera a coordinar la campaña de Andy. Luego aparecieron las versiones que lo colocan, otra vez, como operador en la sombra.
Adán dice que no sabe nada de investigaciones en Estados Unidos, que no coordina campañas, que no mueve piezas. Pero su salida del Senado no fue un retiro, fue un traslado.
En la 4T nadie se va si no es para algo. Y menos alguien con ese historial de lealtad.
Y detrás de ambos está Andrés. Ya no gobierna, pero sigue siendo el patriarca. El propio Andy lo dejó claro cuando aseguró que “él solo le rinde cuentas a su padre”.
No al partido. No a la presidenta.
Esa frase explica mejor que cualquier encuesta por qué el hijo estorba y por qué el padre sigue pesando. Morena intenta construir institucionalidad mientras carga con una figura que nunca dejó de ser el jefe.
La escena es incómoda: un partido que presume transformaciones, pero no sabe qué hacer con el lastre del linaje; un operador que renuncia a la comodidad de la Cámara Alta para seguir operando desde su estado natal; y un hijo que busca fuero cuando se le acaba el poder interno. Todo envuelto en discursos de unidad que ya nadie les cree.