Si tuviera yo oportunidad de escribir al señor Lee Jae-myung, presidente de la República de Corea (o Corea del Sur), sabiendo que me va a leer y muy probablemente me responda, le enviaría una serie de preguntas que siempre me he hecho.
Y aunque tengo mis propias teorías, no hay nada como poder conversar con el líder de un país.
Algunas de esas preguntas son las siguientes:
1) En 1960, pocos años después de salir de la guerra, Corea del Sur era una nación pobre. Su PIB per cápita era similar al de Ghana y Haití, y menos de la mitad del de México. ¿Cuáles fueron las claves para que, hoy en día, los sudcoreanos tengan un PIB per cápita que rivaliza con el de España y es de más del doble del de México?
2) No hay que perder de vista que Corea del Sur tiene una superficie equivalente a la del estado de Oaxaca, y menos de la mitad de los habitantes de México. En ese sentido, ¿cómo se explica que su país supere al mío en rubros como inversión en investigación y desarrollo (4.8% del PIB contra 0.5% en México), producción de energía eléctrica (600 TWh contra 340 TWh en México en 2024), tasa de ahorro bruto (33.8% del PIB en 2023, una de las más altas del mundo, contra 19% en México), solicitudes de patentes (288 mil en 2023, cuarto lugar mundial, contra 15 mil 500 en México) y unidades automatizadas en la industria (30 mil 600 robots contra 5 mil 600 en México, según datos de 2024)?
3) ¿Cómo ha hecho Corea del Sur para superar a México en indicadores de desarrollo social, como es el porcentaje de la población en pobreza alimentaria (0.2% contra 5.3% en México), promedio de años de educación por habitante (12.7 años contra 10.2 en México), población con educación superior (71%, contra 27% en México), mortalidad evitable (142 por cada 100 mil habitantes contra 418 en México, y 222 como promedio de la OCDE), y tasa de homicidios dolosos (0.5 contra 15.66 en México en 2025, según datos preliminares)?
4) ¿A qué se debe que las cuatro empresas más grandes de su país, por valor de capitalización, sean privadas (Samsung, SK Hynix, Hyundai y LG Electronics), mientras que dos de las cuatro principales en México sean públicas, altamente ineficientes (Pemex y CFE), y que la cuarta de las sudcoreanas sea más grande que la primera de las privadas en México?
5) ¿Cómo puede explicarse que si los sudcoreanos y los mexicanos tenían una expectativa de vida semejante en 1960 (alrededor de 55 años en cada caso), hoy la de aquéllos sea de 84.5 años y la de nosotros, de 75.5 años? ¿Será, entre otras cosas, porque Corea del Sur tiene una de las tasas de obesidad más bajas de la OCDE, mientras que México tiene una de las más altas?
6) ¿Cuánto tendrá que ver, en todo lo anterior, que Corea del Sur diseñó una ruta de desarrollo nacional acompañada por la educación, la innovación, el emprendedurismo y el respeto al Estado de derecho, entre otras cosas? ¿O será simplemente cuestión de suerte o, como decían algunos gurús económicos de los años 70, de “milagro” en un caso y de “maldición” en el otro?
Esas serían algunas de las preguntas que haría yo al presidente Lee. Y aunque BTS es un fenómeno mundial, el famoso grupo de K-pop no sería tema de mi cuestionario. Menos aún, para pedirle al señor Lee que interviniera para que la banda agregara nuevas fechas a su gira por México, que ha generado una demanda inusitada de boletos. Ni tampoco para pedirle que interviniera a fin de lograr que la banda aumentara el número de sus conciertos en México para satisfacer la descomunal demanda de boletos.
Primero, porque el modelo capitalista de Corea del Sur ha consistido, justamente, en dar libertad a sus empresas para desarrollarse, concentrándose el gobierno en fomentar el clima de negocios. Y segundo, porque si bien es probable que el señor Lee me respondiera de forma diplomática –diciendo que hará todo lo posible por complacerme–, es casi seguro que para sus adentros pensara lo mismo que el primer ministro de Noruega cuando recibió el reclamo escrito de Donald Trump por no haber ganado el Nobel de la Paz: “¿Y yo qué tengo que ver con eso?”.