Columna invitada

Sinaloa: balas perdidas con dedicatoria

Columnas

“Si no puede, que renuncie”, diría el clásico. Y si además de no poder, no quiere, como parece ser el caso, con mayor razón.

Sinaloa no está “en crisis”. Está administrado desde la negación. Y esa es, quizá, la forma más cínica y perjudicial de desgobierno: fingir que nada pasa mientras todo se descompone.

Son demasiados los asesinados, demasiados heridos, demasiado miedo como para seguir llamándole “incidentes” a lo que ya es una constante. En Sinaloa no hay ley que alcance ni autoridad que imponga respeto. Es un estado fallido, sí, pero además uno donde el gobernador decidió que negar la realidad es LA política pública por excelencia.



Tras el atentado contra los diputados locales de Movimiento Ciudadano, Sergio Torres Félix y Elizabeth Montoya Ojeda, Rubén Rocha Moya ofreció una explicación digna de antología: no fue un atentado, dijo, fueron “balas perdidas”. Cuatro balas, por cierto, con un sentido de orientación envidiable: sabían exactamente qué ventana cruzar y a quién herir. Balas educadas, disciplinadas, selectivas. Balas con agenda.

Ambos legisladores permanecen delicados, de acuerdo con el secretario de Salud estatal, Cuitláhuac González Galindo. Pero el gobernador no habló ni una palabra de seguridad ni de garantías para la oposición ni de responsabilidad institucional. Prefirió el cuento infantil del accidente armado. En Sinaloa, al parecer, las balas se disparan solas y el poder solo observa.

No es un hecho aislado. Cinco días antes, un comando privó de la libertad a al menos diez ingenieros en la minera canadiense Vizsla Silver, en Concordia. Hasta hoy, silencio oficial. Dos semanas antes, una influencer fue secuestrada en Culiacán. En la primera semana del año, asesinaron al director de Tránsito municipal de la misma ciudad. “Las diez y todo sereno”, diría el gobernador: simples coincidencias con armas largas.



Durante el actual sexenio, más de 2,400 personas han sido asesinadas en Sinaloa, colocándolo entre los estados con mayor número de homicidios del país. No es una mala racha ni una herencia maldita. Es un patrón sostenido bajo una autoridad ausente. Por cierto, si saben que hay entidades, como es el caso de Guanajuato, que puntualmente reportan el número de muertes violentas y las que no son tan… transparentes, ¿verdad?

Desde el asesinato del maestro Héctor Melesio Cuén y el secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada, la violencia escaló sin contención. La falta de transparencia en cuanto a las cifras, también.

Y eso que Cuén no era un opositor cualquiera: era el único con peso real para disputar primero Culiacán, y luego la gubernatura. Su eliminación marcó un antes y un después. A partir de ahí, Sinaloa entró en una guerra que Rocha no ha logrado —o no ha querido— contener.



La pregunta ya no es si el gobernador puede gobernar. Es si entiende qué significa hacerlo. Porque cuando un gobierno niega la violencia, no la combate: la normaliza. La vuelve paisaje. La convierte en ruido de fondo mientras los muertos se acumulan.

La salida institucional existe: la revocación de mandato. Rocha debería solicitarla y permitir que los sinaloenses decidan. Claro, siempre y cuando puedan salir a votar sin que una “bala perdida” los alcance en el camino.

Ahora que si a mí me preguntaran mi opinión —y la voy a dar, que para eso es esta columna—, que el gobernador se vaya derechito a ser procesado y sin la escala de una revocación de mandato.



La secuencia es imposible de ignorar. Los diputados de MC fueron atacados tras salir del Congreso local, minutos después de que Sergio Torres Félix denunciara desde tribuna el nivel de violencia y la inacción gubernamental. Antes, Cuén fue asesinado. Hoy hay opositores baleados; mañana, carpetas judiciales. La oposición en Sinaloa se silencia como se puede: por bala, por expediente o por miedo.

Decir que todo son coincidencias ya no es ingenuidad. Es una forma de complicidad discursiva.

Mientras tanto, la austeridad republicana se luce en accesorios: la directora de Atención Social del gobierno estatal porta una bolsa Yves Saint Laurent de 57 mil pesos. Detalles, dirán algunos. Pero en un estado donde la vida vale menos que un bolso de diseñador, los símbolos pesan más que los discursos.



Sinaloa no necesita explicaciones creativas ni gobernadores sorprendidos por la violencia. Necesita autoridad, responsabilidad y verdad.

Y si lo único que ofrece el poder son balas perdidas con dedicatoria, entonces la exigencia es clara, legítima y urgente: ¡Fuera Rocha! ¡Fuera!

Verónica Malo Guzmán

Verónica Malo Guzmán es politóloga, consultora política y columnista de opinión. Miembro de International Women’s Forum, destaca por su análisis crítico y su experiencia en temas de política y sociedad.

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