En enero cambió el mundo. No una remozada. Una revolcada. Lo que se miraba como piezas sueltas de arrebato son las líneas establecidas como mando. Los países al mejor postor entre las potencias.
Súbitamente, también, ha emergido la resistencia. Una Europa asociada que miraba con temor a Rusia y veía de lejos a Donald Trump, se topó en Davos de frente con él. Y lo encara, vaya paradoja, detrás del atril que ocupa el canadiense Mark Carney. Es parte de las asintonías.
La ONU mira en pago por evento los regateos entre gobernantes y calla frente a la Junta de Paz hecha por quienes arman la guerra.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, esbozó en Davos una pieza memorable con definiciones precisas. Hay una ruptura del orden mundial, no una transición. “El comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite”.
Frente a ello, definió Carney, “la nostalgia no es una estrategia”. Nada será como antes. La tendencia de los débiles ha sido intentar apaciguar a la potencia. La docilidad a cambio de seguridad.
La circunstancia “exige honestidad sobre el mundo tal y como es” lo que significa, apeló, llamar a las cosas por su nombre, bajo una línea de pragmatismo guiada por principios.
“Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”, instó el canadiense en la expresión que mayor claridad otorgó en medio de la estridencia y las amenazas.
Estar en la mesa obliga a “crear coaliciones (entre países) que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos”, instó el canadiense.
Sheinbaum no es Carney. Su popularidad es mayor al 70 por ciento y la de Carney llega al 56 por ciento. La gobernante mexicana tiene una formación política e ideológica de izquierda, científica universitaria. Carney es un economista, liberal, formado como financiero y menos de una década en la política pública con una tendencia de centro.
México tiene problemas crónicos de violencia que han desfasado la economía, horadado comunidades y condicionado la política. Además de convertirse en factor disruptor de la relación con EU. Canadá no tiene esa carga y manifiesta otra fortaleza económica.
La pregunta es si Sheinbaum puede combinar con Trump una relación de cooperación y apaciguamiento, más allá de las llamadas telefónicas, con una estrategia multilateral en lo económico y diplomático con Europa, Asia y América Latina.
Si puede ser confiable tanto para Estados Unidos como para Cuba o poder hablar con el mismo respeto con Brasil y Argentina.
En el nuevo escenario, México estará en la delgada línea de combinar concesión sin sumisión, con una estrategia multilateral sin confrontación. De cómo articular opciones de entendimiento en tareas de seguridad que reglamenten la presencia estadounidense, con las posibilidades de llamar las cosas por su nombre, y rechazar las acciones unilaterales de fuerza y las atrocidades de ICE.
El anclamiento en la nostalgia por el orden anterior no es una estrategia, efectivamente. La honestidad sobre la brutalidad actual sí lo es.
¿Cómo puede México no ser platillo del menú y sí poder sentarse a la mesa, sin romper con la potencia que aprisiona? Sheinbuam requiere, también, tejer una red interna donde no pida a sus interlocutores nacionales subordinación sino entendimiento, de la misma forma que lo solicita a Washington. Y la fortaleza interna pasa, inevitablemente, por el corte de los circuitos de política y delincuencia para reducir vulnerabilidad y generar confianza.