Muchos, para defender sus propias posiciones ideológicas, hablan “en nombre” del pueblo venezolano. Otros reducen el tema a un ajedrez geopolítico. Es evidente que Trump es perfectamente capaz de enlodar para siempre la liberación democrática de Venezuela. Pero por un momento hay que centrar la atención en los propios venezolanos.
Tenía razón. Para Venezuela, la vida era un viacrucis. ¿Tendría fin, alguna vez? Tras dedicar un libro al estudio del chavismo y empeñar los modestos esfuerzos de Letras Libres en seguir la tragedia de Venezuela, llegué a pensar que la historia se repetía cruelmente. Con la sola excepción de Haití, ningún país iberoamericano, ni siquiera México, había sufrido una devastación similar a la de Venezuela en las guerras de independencia. No obstante, habían sido tropas populares venezolanas las que contribuyeron decisivamente a la liberación de la actual Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. En el camino, Venezuela había perdido una cuarta parte de la población y casi toda su riqueza. Dos siglos después, Venezuela -con una de las mayores reservas petroleras del mundo- estaba en camino de reeditar la misma historia. Nadie acudía en su auxilio.
Nadie acudía en su auxilio, pero desde sus entrañas ocurrió una mutación que, vista de fuera, parece un milagro, pero no lo es para aquel que conozca el temple del pueblo venezolano, y la mujer que ha encarnado la esperanza. Poco antes de las elecciones de julio de 2024, en una llamada que me llenó de emoción, me dijo:
Todo el mundo -literalmente- conoce ahora lo que ocurrió después: el fraude escandaloso, el cautiverio de María Corina en una clandestinidad autoimpuesta no por una vocación de sacrificio, sino por una virtud patriótica que consignarán los libros de texto ahora que Venezuela ha recobrado su libertad.
Frente al fraude de Maduro y la digna respuesta del pueblo venezolano y de su líder, la izquierda latinoamericana (política, intelectual, académica) ha incurrido en su característica doble moral. Bienvenida la indignación, con bombo y platillo, mientras los dictadores sean “de derecha”, pero si son “progresistas” -ese término que enloda la palabra progreso, refiriéndola a Maduro, Díaz-Canel, Ortega- no importa a qué extremo tiránico y criminal lleguen.
“Será como Afganistán” -han dicho algunos, ignorando que por su carácter mestizo e incluyente el pueblo de Venezuela es ajeno a las diferencias identitarias-. “Es un país dividido” -vocean, olvidando que el chavismo perdió toda su base social, como se demostró fehacientemente en las elecciones del 28 de julio-. De hecho, si el gobierno no hubiera impuesto tantos controles autoritarios, el resultado favorable a Edmundo González y María Corina se habría acercado al 90%. “Podría desatarse un éxodo” -pontifican, y uno se pregunta: ¿qué es lo que ha sucedido hasta ahora? La realidad es la inversa: solo el cambio democratizador garantiza la reversión de los inmensos flujos migratorios.
Si la geopolítica busca convertir a Venezuela en un peón de su ajedrez, el pueblo se manifestará en las calles. Ha elegido un presidente legítimo: Edmundo González. Y tiene una líder moral: María Corina Machado. Podrán sobrevenir obstáculos, pero la liberación de Venezuela es irreversible.
Soberbia columna del máster de máster, Enrique Krauze, 👏👏👏