Columna invitada

Porfirio Díaz: polémica duradera

En este 2026 se cumplen 150 años del ascenso al poder de Porfirio Díaz, una efeméride que obliga a mirar con menos consignas y más contexto uno de los episodios fundacionales —y más contradictorios— de la historia política mexicana.

El punto de partida fue la expedición del Plan de Tuxtepec, proclamado el 10 de enero de 1876, con el que Díaz desconoció al presidente Sebastián Lerdo de Tejada y llamó a tomar las armas bajo una consigna tan contundente como seductora: “Sufragio efectivo, no reelección”.

El plan retomaba el espíritu del Plan de la Noria de 1871 y se oponía a la permanencia en el poder de Lerdo de Tejada, a quien acusaba de violar la Constitución de 1857 y gobernar de espaldas a los principios republicanos. Reconocía como ley suprema a esa Carta Magna, prometía respeto al federalismo y a las libertades, y planteaba la necesidad de un cambio político. En el papel, era un manifiesto liberal; en los hechos, fue el inicio de una nueva guerra civil.



La lucha comenzó de manera fragmentada y desigual. Los seguidores de Porfirio Díaz, muchos de ellos veteranos de la Guerra de Reforma y de la lucha contra la Intervención Francesa, se levantaron en distintas regiones del país. Las primeras acciones armadas fueron irregulares y, en algunos casos, desfavorables para los tuxtepecanos. El propio Díaz sufrió derrotas tempranas —una de ellas le valió el mote de El llorón de Icamole— y tuvo que maniobrar con cautela frente a un Ejército federal que, en teoría, respondía a Lerdo de Tejada y contaba con mayores recursos.

Conforme avanzó 1876, el conflicto se fue definiendo. Hubo combates importantes en el centro y el oriente del país, y la rebelión fue ganando cohesión política y militar. El desgaste del gobierno lerdista, la deserción de mandos militares y la creciente percepción de que el sucesor de Juárez había perdido legitimidad inclinaron la balanza.

El enfrentamiento decisivo llegó el 16 de noviembre de 1876, en la Batalla de Tecoac, en el actual estado de Tlaxcala. Ahí, las fuerzas de Díaz derrotaron de manera contundente al Ejército federal, en una jornada que selló el destino del régimen.



Tras Tecoac, el derrumbe del gobierno fue rápido. Lerdo de Tejada abandonó la capital y emprendió el camino del exilio en Estados Unidos, donde moriría años después. Díaz entró triunfante en la Ciudad de México, no como presidente electo, sino como vencedor de una guerra interna que lo colocó en el centro del poder. Primero asumió la Presidencia de manera provisional y luego, tras elecciones sin competencia, inició un largo periodo que marcaría al país durante más de tres décadas.

A siglo y medio de distancia, y casi 115 años después de que Díaz partiera al exilio, su figura sigue siendo profundamente polémica. No sin razón. El general oaxaqueño se levantó en armas contra la reelección… y terminó reelegido siete veces. Gobernó de 1876 a 1880 y de 1884 a 1911, además de ejercer un control decisivo, incluso cuando no ocupaba la Presidencia. Esa paradoja —el antirreeleccionista convertido en símbolo del poder prolongado— es uno de los ejes de su legado.

Pero reducir a Díaz a esa contradicción es simplista. Su régimen también fue modernizador y constructor de instituciones: impulsó la pacificación del territorio, la expansión del ferrocarril, la profesionalización del Ejército, la centralización fiscal y la inserción de México en la economía internacional. Al mismo tiempo, ese orden se edificó sobre la exclusión política, la represión, la desigualdad social y el silenciamiento de la oposición.



El sesquicentenario del ascenso de Porfirio Díaz no es una invitación a absolverlo ni a condenarlo sin matices. Es, más bien, una oportunidad para reconocer que la historia de México está hecha de tensiones entre principios y poder, entre ideales proclamados y realidades impuestas.

Díaz encarna, como pocos, esa ambigüedad: el rebelde que prometió democracia y el gobernante que la postergó; el militar victorioso que dio estabilidad y el político cuya permanencia terminó provocando una revolución, que, dicho sea de paso, tiene su propio saco de contradicciones. Por eso, 150 años después, sigue siendo necesario discutirlo, aunque a menudo parezca tarea imposible.

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