En los minutos finales del extraordinario documental de Netflix (2021), Pelé, avejentado, enfermo, evoca desde la política el Mundial México 70, en el que, bien sabemos, alcanzó la divinidad en el futbol. No quería jugarlo y darle un motivo a la brutal dictadura militar de Brasil para que limpiara su imagen mientras mataba, desaparecía y torturaba a miles.
“No quería ser Pelé, pero Brasil era mi país”, dice en el clímax del programa. “Por eso, el mejor regalo no fue el trofeo que recibimos al ganar, sino el alivio de cumplir”.
Retrotraigo aquella frase del documental, dirigido por David Tryhorn y Ben Nicholas, tras leer la rudeza con que se está tratando a María Corina Machado por regalarle a Trump una medalla, un trofeo.
“El 2 de enero, nadie pensó que estaríamos en este momento”, dijo ayer María Corina, todavía en Washington. “Si algo demostró el 3 de enero —día de la captura de Maduro— es que tenía que haber una amenaza real. Antes, los venezolanos hicimos lo que teníamos que hacer: ganar unas elecciones, las protestas, la movilización, pero hacía falta el respaldo decisivo, y ese vino del presidente Trump”.
Creo que, como Pelé en 1970 (quien tuvo que sonreír al entregarle la Jules Rimet a los militares genocidas), hizo lo que tenía que hacer de cara al futuro. El Nobel de la Paz 2025 será para ella, por los siglos de los siglos. Trump se queda con el trofeo. Visto así, qué gran intercambio ha hecho María Corina: la cabeza de Maduro por una medalla de oro. Y qué alivio ha de sentir, según Pelé.