La noticia obliga a México a mirarse en el espejo: el dictador Nicolás Maduro es detenido por fuerzas estadounidenses en Caracas y trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos. Este hecho obliga al gobierno de Claudia Sheinbaum a distanciarse del gobierno de su predecesor también en esta materia: ya no es posible tratar a la política internacional como un ruido de fondo.
Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador la consigna fue explícita: “la mejor política exterior es la interior”. No era solo un eslogan; era una forma de gobierno. En enero de 2019, ya como presidente, la formuló con claridad: si México enterraba la corrupción, proveía el bienestar y garantizaba la justicia, “lo de afuera” se acomodaría por añadidura. Ese enfoque tuvo una consecuencia: la política exterior dejó de ser una herramienta estratégica para gestionar riesgos -y también oportunidades- y se volvió la nada, una perceptible ausencia.
La apuesta de López Obrador se sostuvo también con la coartada de la tradición diplomática mexicana: no intervención, autodeterminación, solución pacífica de controversias. Se trata de principios reales que se invocan para distanciarse del afán intervencionista trumpiano. Pero una cosa es defender principios y otra confundirlos con falta de acción: México ha evitado cualquier declaración crítica contra Maduro.
Claudia Sheinbaum entendió, desde el inicio de su mandato, que el mundo ya no permitía este repliegue. Su propio gobierno ha intervenido más en la conversación internacional: hace semanas, por ejemplo, llamó a Naciones Unidas a actuar para evitar violencia en Venezuela y ofreció a México como sede para el diálogo entre Washington y Caracas. Quería evitar que el incendio nos alcanzara, pero lo hizo. Y de la peor forma: una operación estadounidense en Caracas, Maduro capturado, y Donald Trump que sugiere otra vez el uso de la fuerza en nuestro país para vencer a los cárteles. Si suena bien para Colombia, ¿por qué para México no?
Sheinbaum reaccionó como se esperaba: condenó la intervención en Venezuela y rechazó cualquier posibilidad de intromisión militar en México; y un poco de lo de siempre: cooperación sin subordinación.
La postura de la presidente suena consistente. La complejidad aparece cuando esa consistencia parece -a los ojos de Washington-afinidad política. Porque el costo no se pagará por lo que Sheinbaum diga hoy, sino por el archivo de lo que ella, y AMLO, dijeron antes. Y el archivo de la 4T incluye señales que han permitido leer una relación de cercanía con Maduro: invitaciones, encuentros, no desconocer procesos electorales cuestionados y no alinearse a la presión diplomática encabezada por Estados Unidos.
En estos tiempos, los de Trump, la política exterior se entiende como transacción: quién se alinea, quién obedece, quién estorba, quién se opone. La detención de Maduro impide los matices.
Claudia Sheinbaum tendrá que defender la soberanía sin exculpar a Maduro; tendrá que separar los principios de las personas. Puede condenar la intervención militar y, al mismo tiempo, reconocer con claridad la ilegitimidad democrática en Venezuela. No sería incoherente.
El aislamiento diplomático puede salir caro. La política exterior no es un lujo; es un seguro. En su sexenio, Andrés Manuel López Obrador apostó a no pagarlo; en el de Sheinbaum ese seguro venció y la 4T carga con la imagen -justa o no- de que está cómoda con ciertos autoritarismos.