El 13 de abril de 2002 luego de que la Guardia presidencial venezolana en medio de una manifestación popular recuperara el Palacio de Miraflores, tras el golpe de Estado que depuso momentáneamente a Hugo Chávez, todo el gabinete chavista tomó el control.
Todo el gabinete civil se concentró en Miraflores y cada uno de los ministros recibió una metralleta. Sobre las 8 de la noche del sábado 13 de abril uno de los ministros comunicó a los pocos periodistas que estaban dentro del Palacio: “Tenemos información que el Palacio puede ser bombardeado. Si ustedes quieren permanecer aquí será bajo su propio riesgo. No tenemos armas para ustedes”. Ningún periodista salió.
No hubo ataque. Cerca de las 3 de la mañana del domingo 14 de abril un helicóptero descendió en el helipuerto del Palacio para dejar a Hugo Chávez, rescatado de su cautiverio por un comando élite de la 42 Brigada de Infantería al mando de Raúl Isaías Baduel.
Algo de eso habrán revisado en el equipo de Donald Trump para operar la captura de Nicolás Maduro el pasado sábado 3 y no asfixiar al chavismo (que no al madurismo). Y algo no entendió Maduro (y sí recordó Cabello) para entender la historia.
Maduro no es Chávez ni mucho menos Salvador Allende, quien murió con su arma al hombro. El relato del secuestro de Maduro solo tiene hasta ahora una versión, la de los victoriosos. El presidente Trump describió que Maduro intentó correr a un cuarto resguardado por puertas de acero pero no llegó. Su esposa Cilia, gritaba desesperada y, al parecer, Maduro se rindió al ser apuntado por armas estadounidenses. No se batió. No peleó.
Su grupo leal, muchos de ellos agentes cubanos, según el relato, cayeron en la breve batalla. Entre 40 y 70 muertos, según las versiones.
La movilización popular en abril del 2002 ocurrió porque se conoció que Chávez no se había rendido. Eso infundió ánimos. El pasado sábado, Maduro estaba solo y su gabinete no tuvo la reacción que ocurrió en 2002 con Chávez. Entonces sí estaban dispuestos a inmolarse por su líder.
El gobierno de Maduro fue autoritario, irresponsable y extraviado. Los videos de bailecitos de fin de año de Maduro enervaron a Trump, pero eran al final un insulto, una afrenta para el pueblo venezolano.
La intervención estadounidense viola todos los preceptos internacionales. Pero nada restituirá la circunstancia que prevalecía el 2 de enero.
El gobierno mexicano ha tomado nota con cautela. Debe reconocerse que el pronunciamiento conjunto con Chile, Colombia, Uruguay, España y Brasil es muy significativo. No solo recupera la relación con España, indebidamente maltratada, sino que establece el eje de acciones para el futuro: la multilateralidad.
No es la primera vez, ni será la última que México enfrente una intervención abusiva e indebida de un país contra otro. Una más de EU. La tibieza mexicana frente a la agresión rusa en Ucrania cobra hoy sus efectos. Habría una mayor autoridad política y moral para condenar lo ocurrido en Caracas.
Pero el trazo del futuro es urgente. Construir alternativas que frenen, moderen o resistan la remodelación del mundo a partir de las acciones de fuerza por encima de las leyes y la convivencia internacionales.
Ya no se trata de la negociación del día a día. Se trata de la estrategia multilateral, bilateral y diversa. Construir redes que disminuyan daños y prevengan catástrofes. Sigue Cuba y México debe tomar nota, para mediar y atemperar. Es tiempo de defensa de la legalidad, la democracia y los derechos humanos.