“El mayor triunfo de la tiranía es lograr que las víctimas desaparezcan del relato.”
Hannah Arendt
“El problema no es el sistema. El problema es la cobardía cotidiana que lo sostiene.”
Václav Havel
“Alimaña
Culebra ponzoñosa
Deshecho de la vida
Te odio y te desprecio
Rata de dos patas
Te estoy hablando a ti”
Paquita la de Barrio
Podría haber intitulado mi artículo de opinión también de cualquiera de las siguientes formas:
–Defender tiranos en nombre del pueblo
–La izquierda y su amor por los verdugos
–Soberanía para el tirano, silencio para las víctimas
–Los burros hablando de petróleo
El asunto es que, de pronto, así sin más, no pocos convierten a Nicolás Maduro en la “víctima”. No el dictador. No el responsable de haber destruido un país petrolero hasta convertirlo en exportador de migrantes. No el heredero de un régimen que persiguió, encarceló, torturó, asesinó y empujó al exilio a millones. No, señoras y señores, la “víctima”.
El truco narrativo es burdo, pero eficaz: borrar a las víctimas reales para fabricar un mártir conveniente. Buena parte de la izquierda latinoamericana —y un sector nada marginal de la europea— decide que el problema ya no es la dictadura venezolana, sino quien ose tocarla a la mala… o a la no tan mala. Gustavo Petro, Lula da Silva, el kirchnerismo, el partido político español Podemos y su fauna intelectual han optado por la misma gimnasia moral: relativizar el autoritarismo y sobreactuar la indignación antiestadounidense.
No es que ignoren lo ocurrido en Venezuela. Lo saben perfectamente. Simplemente les estorba.
Por eso, se refugian en la palabra fetiche: soberanía. Una soberanía elástica, selectiva, oportunista. Una soberanía que jamás apareció cuando se cerraban medios, se encarcelaban opositores, se anulaban elecciones o se vaciaba de contenido cualquier institución en Venezuela. Pero que brota milagrosamente cuando el dictador está contra la pared.
Conviene decirlo sin rodeos: no existe soberanía posible bajo una tiranía. NO EXISTE. Así que dejen de actuar como burgueses.
Quien defiende al tirano no defiende al pueblo: lo traiciona.
López Obrador, fiel a su costumbre, decidió sumarse al coro. Desde su supuesto retiro —cada vez más parecido a una gira permanente, esa es la verdad—, publicó un mensaje solemne, inflado de referencias históricas y de una palabra que en su boca roza la comedia involuntaria: “libertarias”. Libertarias, dice, quien concentró poder, anuló contrapesos y convirtió la obediencia en virtud cívica. Libertarias… pero de utilería.
Leerle afirmar que “la política no es imposición” provoca una sonrisa amarga. MUY amarga. Lo dice quien gobernó imponiendo una sola narrativa, una sola moral y una sola verdad. ¿O ya se les olvida? El disenso en la 4T es traición; la crítica, conspiración; la autonomía, un estorbo.
Pero no se trata solo de él. AMLO no es la causa, es el reflejo de algo bastante podrido. El problema es esta izquierda (evidentemente no me refiero a toda), que decidió que los derechos humanos son negociables, siempre que el violador sea “antiimperialista”. Que privilegian las exquisiteces del derecho internacional sobre la vida de cientos de miles desde la comodidad de un sillón. Una izquierda que se desvive denunciando a Trump, a Washington y al “imperio”, pero que guarda un silencio reverencial —o un aplauso discreto— frente a regímenes que aplastan a su propia población. Que la han saqueado.
Hoy abundan los discursos alarmados sobre las intenciones extractivas de Estados Unidos —reales o no; por concretarse o frustrase— respecto al petróleo venezolano. Hablan de saqueo, rapiña y codicia. Lo dicen quienes callaron durante décadas mientras el saqueo real se consumaba.
Porque conviene no perder el orden de los factores: los grandes extractores de Venezuela no fueron la Casa Blanca ni Wall Street. Fueron el chavismo y sus socios predilectos: Irán, Rusia, Cuba, China, Corea del Norte. Regímenes expertos en exprimir recursos naturales y poblaciones enteras hasta dejarlas exhaustas. Y el petróleo venezolano no financió desarrollo ni bienestar; financió corrupción, represión y lealtades autoritarias.
Denunciar hoy el extractivismo ajeno sin mencionar ese expolio interno es una escena clásica: los burros hablando de orejas, con tono doctoral.
Nada dijeron cuando Maduro perdió elecciones y se quedó en el poder. Nada cuando la Asamblea Nacional fue reducida a decoración institucional. Nada cuando el Tribunal Supremo se convirtió en sucursal del Ejecutivo. Nada cuando más de siete millones de venezolanos huyeron del país porque quedarse equivalía a resignarse a la miseria o al miedo o a la prisión.
Pero ahora sí hay escándalo.
No por los presos políticos.
No por los muertos.
No por los exiliados.
Sino por el dictador. Y por un Estado de derecho que, antes, y durante todo este tiempo Maduro y su antecesor pisoteó mil y un veces.
Se indignan por las formas, por el procedimiento, por el discurso. Nunca por el fondo. Como si la dictadura dejara de serlo si se pronuncia la palabra injerencia con suficiente solemnidad.
Defender a Maduro no es una postura antiimperialista. Es una postura abiertamente autoritaria.
Y además, intelectualmente deshonesta. Se los firmo.
Peor aún: es estratégicamente suicida. Arropar al chavismo justo cuando se avecinan negociaciones comerciales, presiones en materia de narcotráfico y revisiones clave no fortalece a ningún país. Lo debilita. Y, en particular, AMLO lo hace en nombre de una causa que ya no engaña a nadie fuera de su propio círculo.
Para rematar, López Obrador insiste en “defender” a la presidenta Claudia Sheinbaum, aunque ella misma ya dejó claro que NO lo necesita. Cada intervención suya no la fortalece: la expone y le estorba. No la protege: la vulnera. ¡Vaya cinismo! Y frente a Trump, eso no es audacia; es irresponsabilidad.
La historia suele ser implacable con quienes convirtieron a los verdugos en mártires y a las víctimas en daño colateral. Y aún más dura con quienes callaron durante años y ahora pontifican con superioridad moral.
A veces, el gesto más inteligente —y más ético— no es hablar. Es cerrar la boca.
Sí, EX presidente, le estoy hablando a usted.
excelente columna