Columna invitada

Las tres guerras de Donald Trump

Columnas

El “establishment” de los Estados Unidos está más que inquieto por las consecuencias nacionales y globales de las políticas caprichosas e improvisadas del presidente Donald Trump.

Aquellos que manejan el llamado Estado Profundo -Pentágono, Wall Street, Silicon Valley, Energía- no alcanzan a comprender que la Oficina Oval de la Casa Blanca esté convertida en un cuarto de guerra. O quizás, debemos precisar, en un cuarto con tres distintos frentes de guerra.

El inquilino de la Casa Blanca viene acumulando confrontaciones que están generando tensiones nunca antes vistas y que están provocando la súbita pérdida de aliados políticos, económicos y comerciales. Canadá, Europa, la OTAN, Dinamarca, Venezuela, Colombia, México y Cuba están ya en la frontera de una abierta disputa con quien solía ser un gran aliado y socio. Y en el escenario nacional, el drama de las deportaciones del ICE, con los dos asesinatos en Minnesota, instalan a los Estados Unidos en la antesala de un conflicto que no se veía en Norteamérica desde aquellas confrontaciones por la igualdad racial.



Para todo fin práctico, el gobierno de Donald Trump está librando tres guerras simultáneas, es decir, tiene abiertos tres grandes frentes de conflicto que se suman a las pequeñas y medianas confrontaciones. El problema de fondo es que lejos de resolverse, esos choques se van acumulando y el “animus belicus” presidencial crece por días y no en pocas ocasiones por horas.

La primera es una Guerra Geopolítica, que busca ampliar el dominio territorial norteamericano, expandir al Imperio. Venezuela, Groenlandia, Canadá y Cuba son las cuatro cabezas de playa que conforman este conflicto al que llegan colateralmente México y Colombia. La justificación de abrir tantos frentes es que, para garantizar el “Make America Great Again” y frenar la expansión de Rusia y de China, se tienen que recuperar los espacios perdidos en América. Y el inquilino de la Casa Blanca puede tener sus razones de fondo, pero el cuestionamiento está en las formas. Se sepultó la diplomacia. Groenlandia es un claro ejemplo. El presidente Donald Trump aterrizó en Davos y después de un encendido discurso con tintes de amenaza para apoderarse de ese territorio de Dinamarca, acabó cediendo para proponer un diálogo para una negociación conjunta con la OTAN, que es lo que debió ponerse sobre la mesa desde el inicio del debate. Nunca insultar ni a los daneses ni a los aliados.

La segunda es la Guerra Comercial y Financiera, la acometida que tiene dos filones. Uno, obligar a México y a Canadá a renegociar el tratado comercial más importante del planeta, con la instauración de aranceles aplicables contra todo aquel que tenga la osadía de irse a sentar a negociar con China o con Rusia. Estas dos potencias están buscando no sólo desestabilizar el patrón Dólar, sino introducir una nueva moneda que compita en los mercados internacionales. Sería una moneda apadrinada por los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).



Y, por supuesto, no hay que olvidar que los conflictos de la intervención en Venezuela y la desestabilización en Irán tienen su origen en que ambas naciones comenzaron a aceptar yuanes -la moneda china- en la venta de su petróleo al gigante asiático. Y eso ponía en jaque al Petrodólar que domina el comercio petrolero mundial desde los 70.

Y la tercera es una Guerra Civil que está dividiendo a los norteamericanos y en la que los asesinatos y las revueltas en Minessota se colocan como el estandarte y el eslabón más débil en la gran condena nacional sobre las políticas migratorias y las deportaciones del gobierno de Donald Trump. Esta es, quizás, la guerra más peligrosa de las tres, porque es la que se libra en el corazón de la misma sociedad norteamericana, exaltando radicalismos que incitan no sólo a una mayor violencia, sino a la división étnica, a la lucha de clases, que mal llevada -como hasta ahora- puede desatar una auténtica guerra civil.

No en balde, ayer mismo, desde la Casa Blanca, se buscaron desactivar las declaraciones de personajes cercanos al presidente Donald Trump -como J.D. Vance- en las que se acusaba a la segunda víctima de ICE de ser un “terrorista doméstico”, cuando sus antecedentes son los de un profesor sin conflicto alguno y con excelentes credenciales de ayuda social.



Para México, estas tres guerras son un auténtico peligro, pues el nombre de nuestro país está inmerso en las tres. En la geopolítica, porque somos el vecino más frágil, con un territorio gobernado por los cárteles que desafían la estabilidad al norte del Río Bravo. En la financiera y comercial, porque somos el principal socio en el tratado de libre comercio. Enviamos 500 mil millones dólares en bienes y servicios e importamos un monto similar. Cualquier equivocación en la aplicación arbitraria de la política arancelaria trumpista podría quebrar estratégicas cadenas de suministro. Y en la guerra civil, los mexicanos estamos convertidos en el blanco principal de las deportaciones, al ser la mayor etnia migrante de los Estados Unidos.

Esta dinámica de las tres guerras la deben de evaluar, analizar y procesar dentro del círculo íntimo de la presidenta Claudia Sheinbaum para trazar una estrategia no sólo de contención, sino de negociación para evitar el colapso. En cualquiera de los frentes.

Y el presidente Donald Trump, por su parte, está obligado a analizar y en su caso rectificar, su estilo personal de gobernar. Su famoso “Arte de Negociar” -fincado en el temor y la amenaza- está ya muy visto, muy estudiado y mejor calibrado por sus opositores. Hoy, la peor guerra que libra el presidente Donald Trump es consigo mismo. Contra su ego, sus desplantes, sus caprichos y sus prejuicios. Y esa guerra -no hay duda- la va perdiendo.

Ramón Alberto Garza

Ramón Alberto Garza García es un periodista mexicano, actual editorialista del sitio Código Magenta. Garza fundó el periódico Reporte Índigo, fungió como vicepresidente de Televisa y presidente de Editorial Televisa y director editorial de los diarios Reforma y El Universal.​

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