Columna invitada

Las intervenciones que no se anuncian

Columnas

El gobierno de México se encuentra entre dos espadas. Y lo sabe. No por incapacidad, sino por necesidad. Se mueve en la delgada línea que separa la ideología de la supervivencia: imposible desdecir la primera; indispensable cumplir la segunda.

La relación con Estados Unidos ya no se define en términos diplomáticos ni siquiera geopolíticos clásicos. Se define por presión. Y es que resulta que Donald Trump no necesita intervenir formalmente: le basta con amenazar. Un día con aranceles, otro con listas negras, luego con migración o con revisiones comerciales. Todo funciona como un sistema de coerción constante que produce cooperación forzada.

En ese contexto debe leerse la normalización de operativos estadounidenses en territorio mexicano. No se trata de una invasión tradicional, sino de una intromisión silenciosa de soberanía operativa. No hay tanques, pero hay placas. No hay ocupación militar, pero sí autorizaciones tácitas. El mensaje es claro: la soberanía se defiende en el discurso, pero se negocia en la práctica.



Conviene decirlo sin hipocresía: si esa colaboración —incluida la presencia operativa de agencias estadounidenses— contribuye a disminuir la violencia, capturar criminales y mejorar la seguridad, resulta funcional. Nadie sensato se rasga las vestiduras por resultados. El problema no es moral; es estructural.

La subordinación, cuando existe, no es ideológica: es material. Trump no compra lealtades; administra miedos. Miedo al castigo económico, al cierre comercial, a la inestabilidad financiera. La paradoja latinoamericana es conocida: se denuncia el imperialismo en discursos, pero se aceptan sus condiciones en acuerdos. No hay soberanía sin capacidad real de decir “no”, y casi nadie puede ensayar esa negativa. Venezuela es ejemplo elocuente: tras proclamar la soberanía absoluta sobre su petróleo, hoy reabre la puerta a la inversión extranjera.

El caso Ryan Wedding y las entregas masivas de narcotraficantes no son simple cooperación judicial: son pagos en especie. Sucede entre Estados. El problema es que el costo político y narrativo recae en uno solo. Cuando un Estado no logra garantizar seguridad ni justicia plenas, entrega cuerpos para sostener una narrativa de colaboración. No se investiga mejor: se traslada el problema al expediente de otro país.



Mientras tanto, los operativos de ICE dejaron de ser meramente migratorios para convertirse en escenificaciones de poder. Redadas violentas, confrontaciones con comunidades y tentativas de ingreso a consulados no son excesos aislados: son mensajes políticos. El migrante es el chivo expiatorio perfecto en una sociedad polarizada.

Los consulados protestan, pero no disuaden. La diplomacia consular opera con herramientas del siglo XX frente a agencias que actúan con lógica de ocupación urbana. La migración dejó de ser un asunto humanitario: hoy es instrumento electoral que usa Donald Trump.

En ese marco se inscribe la narrativa del “golpe de Estado invisible”: no como libro, sino como manual de paranoia política. El presidente de los Estados Unidos acusa a México de usar la migración como arma porque necesita un enemigo externo que explique su caos interno. La conspiración funciona porque simplifica: transforma fenómenos complejos en culpables identificables.



El riesgo no está en la teoría, sino en su utilidad. Cuando una mentira resulta funcional, prepara el terreno para sanciones, cierres de consulados o incluso intervenciones “preventivas”. La ficción antecede a la acción.

La suspensión —o no— de los envíos de petróleo a Cuba exhibe otra arista del problema: la fragilidad estratégica. El gobierno mexicano se ve forzado a la reacción internacional. Además de política exterior, hay control de daños narrativo.

El problema no es Cuba; es que lo envíos se convirtieron en arma del gobierno estadounidense contra los mexicanos. Y deja a México jugando al escondite energético. México se ve forzado a decidir según el ruido que ocasionan otras naciones, no exclusivamente según su interés nacional.



México no enfrenta una amenaza puntual, sino un método. Trump no necesita intervenir: administra la incertidumbre. Convierte el comercio, la migración y la seguridad en palancas intercambiables.

En Palacio Nacional no se libra una batalla ideológica, sino una dura operación de contención. No se trata de resistir ni de ceder, sino de evitar el daño mayor. Entre la espada y la espada, el margen de maniobra no es heroico: es estrecho. Y en ese espacio mínimo se juega hoy, como sucede en otras naciones con gran influencia de los Estados Unidos, la estabilidad del país.

Verónica Malo Guzmán

Verónica Malo Guzmán es politóloga, consultora política y columnista de opinión. Miembro de International Women’s Forum, destaca por su análisis crítico y su experiencia en temas de política y sociedad.

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