Que nadie se dé por sorprendido con el ataque de Estados Unidos a Venezuela y la captura del dictador Nicolás Maduro. Lo que sucedió en Caracas el 3 de enero sólo se define desde la trinchera de una tercera guerra mundial. Hasta hoy no es militar. Es económica y con una duración y un desenlace impredecibles.
Estamos asistiendo a uno de dos grandes eventos que redefinirán en los próximos meses el futuro del planeta.
Primero, el menos confrontativo, que es el reparto pactado de los territorios de la energía y los minerales del Siglo XXI. En pocas palabras, “América para los americanos”, los enclaves soviéticos -como Ucrania- para Rusia, y China siempre con la esperanza de recuperar Taiwán.
Pero existe un conflicto más oscuro, más poderoso, que intenta acabar con la dominancia energética de Estados Unidos y, sobre todo, sofocar el patrón de los “Petrodólares”, implantado durante el gobierno de Richard Nixon. Pero vamos comprendiendo el modelo y su cronología.
Cuando en la década de los 70 sobrevino la severa crisis petrolera, el canciller Henry Kissinger operó dos jugadas maestras. Una, el acercamiento con China que apenas despertaba al capitalismo social y otra, la alianza con los principales países petroleros, sobre todo, los de Medio Oriente, para armar un bloque de exportadores de petróleo con el fin de estabilizar y controlar los precios. Y en ese pacto se impuso al Dólar como la única moneda para vender o comprar el crudo en todo el mundo. Ese control fortaleció a los norteamericanos, que hicieron de los Petrodólares su juego de flotación económica. Después de todo, ellos influían no sólo en la cotización de la moneda -que ellos imprimían-, sino en el precio del crudo.
Pero, en los últimos años, el crecimiento en la producción petrolera de países como Rusia, Irak e Irán y Venezuela -entre otros- combinada con el excesivo consumo de una China que devora energía en su vertiginoso crecimiento, puso sobre la mesa la posibilidad de romper el patrón de los Petrodólares.
Y uno de los países, junto con Irán, que aceptaron venderle a China el crudo en moneda local -ya no en Petrodólares- fue Venezuela. El acercamiento de la nación gobernada por Nicolás Maduro alcanzó el extremo de que el 75 por ciento del crudo que exportaba iba a parar a China y sólo el 20 por ciento a los Estados Unidos. Venezuela no sólo se estaba saliendo de la esfera de influencia económica y energética norteamericana, sino que se estaba acercando demasiado al control del eje entre Rusia y China.
Sólo para dar una idea de la China descomunal: En el año 2000, sus importaciones de petróleo apenas superaban los 1.4 millones de barriles diarios; hoy están por encima de los 11.5 millones de barriles diarios.
Comparando, Venezuela le exportaba diariamente a China 600 mil barriles de todo su petróleo de exportación, una cifra casi equiparable a todo el petróleo que México le exporta al mundo. El apetito energético de China es de tal magnitud, que uno de cada cuatro barriles que hoy se exportan son para esa nación asiática.
Y, poco a poco, fueron sumándose otras naciones creando un bloque económico que acabó bautizado como los BRICS, que son las primeras letras de los cinco países fundadores: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Y la dinámica económica de esas naciones en crecimiento, comenzó a poner en peligro el modelo dominante del Petrodólar creado por el eje Nixon-Kissinger en los 70.
Lo que se está jugando en Venezuela poco o nada tiene que ver con la democracia. Estamos asistiendo a una lucha despiadada por un segundo camino de patrón económico, similar al que sucedió en Bretton Woods, cuando el famoso Patrón Oro fue reemplazado por el Patrón Dólar, hoy en extremo debilitado no sólo por los excesos en el gasto público de los Estados Unidos, sino por los déficits comerciales descomunales que tienen los norteamericanos y que hoy Donald Trump pretende compensar con aranceles.
Sólo para dar un ejemplo, en el espectacular crecimiento de los últimos 15 años, China ya logró reservas internacionales por más de 3.3 trillones de dólares. La nación gobernada por Xi Jinping es hoy una de las principales acreedoras de los Estados Unidos. Y ese hecho tiene alterada a la élite financiera global. Por eso, la urgencia del bloque para crear en torno al Yuan una nueva moneda que equilibre la todavía dominancia absoluta del Dólar.
Y qué mejor lección para el planeta, que Estados Unidos salga abiertamente a reclamar territorio en América Latina. Ya lo hizo en la política electoral con Argentina, Bolivia, Chile, Perú, Ecuador y Honduras. Pero en esos países existía la salida del voto. En la autocracia de Venezuela -implantada por Hugo Chávez, primero, y a su muerte por Nicolás Maduro- la única salida era la negociación. La soberbia del dictador venezolano rechazó el puente de planta y debieron ir por él, por su petróleo y, con ello, frenar los afanes de sumarse a la creación del nuevo régimen monetario de los BRICS.
A muchos les sorprendió que la vicepresidenta Delcy Rodríguez fuera instalada como interina, mientras Estados Unidos conduce el nuevo proceso político y económico de Venezuela. En la noche del golpe, Delcy estaba en Moscú, quizás escuchando de los labios de Vladimir Putin que Rusia no intervendría porque su prioridad es recuperar una parte de Ucrania. Y China se dará por bien servida si al final del día le respetan sus acuerdos con Taiwán, la tierra que perdió en 1843 en la Guerra del Opio, cuando algunos países de occidente idiotizaron con esa droga a millones de chinos para despojarlos de sus preciadas mercancías: sedas y té.
Si traemos la historia al presente, el opio de entonces es el fentanilo de hoy, y la mercancía preciosa ya no son ni la seda ni el té, sino el petróleo, que entonces no existía en el firmamento. Aunque hay quienes especulan que la invasión de precursores chinos a través de México y Canadá para fabricar el fentanilo es la venganza de una China que no olvida los millones de muertos de aquella guerra que entonces los hundió en la desesperanza. Pero hoy se sienten revitalizados, dominando al planeta, colocando contra la pared a los Estados Unidos y disputándole, en los próximos años, el título de la nación económicamente más poderosa del planeta.
El presidente Donald Trump y sus aliados no están dispuestos a pasar ese trago amargo y el golpe en Venezuela fue un claro mensaje a México, a Colombia, a Cuba, a Nicaragua y a todas aquellas naciones que creen que suprimiendo libertades y repartiendo tarjetas de miseria, pueden ser los dueños del Nuevo Orden Mundial. Del Reino de los Pobres.
El desenlace en los próximos meses no será menor. Si todos los poderosos se ciñen a la tesis norteamericana, el acuerdo del reparto del planeta será irá concretando. Si por el contrario, comienzan los contraataques en los mercados financieros para desestabilizarlos y poner de rodillas al Petrodólar, estaremos ante una tercera guerra mundial económico-financiera.
De lo que nadie saldrá bien librado es de los nombres que Nicolás Maduro revelará a su paso por los tribunales. Prominentes políticos, empresarios y líderes de México, Colombia, Brasil, Argentina, Bolivia y Chile -entre otros- serán exhibidos como beneficiarios de los dineros del petróleo venezolano, que en su tiempo apoyó la expansión de una izquierda que ya sentía que toda América era su patio particular y que hoy está en franca retirada. Nada es eterno.
no monchito, México va hacer crecer a Estados Unidos. China y la India cada pais tiene que alimentar a 1400 millones de seres humanos, EU solo tiene 370 millones y México 130 millones, hay mucha diferencia.