El gobierno de Claudia Sheinbaum cumple mañana un año de lidiar con la hiperactiva y hostilizante administración de Donald Trump que se ha convertido en el principal contrapeso del gobierno mexicano y le ha obligado a tener una cotidiana relación de recurrentes concesiones en materia comercial, migratoria y de seguridad.
Lo que ahora se exhibe tras ese golpe es un Estado venezolano intervenido, donde los nuevos gobernantes -miembros del mismo grupo del chavismo tradicional- están sometidos a las instrucciones de Washington.
El 7 de enero pasado la presidenta Sheinbaum decantó: “Más allá de la opinión que se tenga del gobierno de Venezuela, de Maduro, lo que no puede ser es que un país llegue a detener -fuera de todo el marco internacional, de las reglas y las normas internacionales- a un Presidente, por más que tu opinión de ese Presidente sea en contra”.
Pero el fondo del asunto parece ser el modelo Delcy. Un gobierno “antitrumpista” controlado por Trump. No es necesario deponerlo, solamente controlarlo.
Durante un año, la presidenta Sheinbaum y Trump han tenido 15 llamadas donde según los comunicados oficiales se habla de fortalecer la cooperación en materia de comercio y seguridad.
La relación telefónica aparentemente tersa no ha evitado que Trump avance yardas en su ofensiva. Los suspiros mexicanos de alivio cada que cuelgan resuenan cada vez más fuerte. Pero parece ya un recurso agotado.
El gobierno mexicano requiere de una estrategia definida, pública, consensada menos dependiente de los estados de ánimo, las porras y la estridencia para orientarse hacia la construcción de un tejido de resistencia social estable que fortalezca capacidades de negociación en ámbitos económicos, comerciales, políticos y de seguridad.
En medio de las sucesivas derrotas de las izquierdas latinoamericanas en los últimos años (Bolivia, Argentina, Chile, Ecuador, Cuba, Venezuela) el socialista chileno Gabriel Boric comentó en el balance de su derrota ante el pinochetista José Antonio Kast, en una extraordinaria entrevista con el periodista español Javier Lafuente: “La política democrática no es de heroísmo, sino de consistencia, responsabilidad y transformación real de las condiciones de vida de la gente. Yo puedo tener discursos incendiarios, encontrar antagonistas, prometer cualquier cosa, pero si la calidad de la vida no mejora, es irrelevante”.
Crítico también del régimen cubano al que no duda en calificar de dictadura, Boric trasluce una desilusión ante el sectarismo o la imposibilidad de su gobierno por consensar con los que opinan diferente, que no eran solo los políticos sino en buena medida los electores. Y que eso le costó la elección.
Sheinbaum rechaza un modelo de tutelaje estadounidense en cualquier modalidad, incluida la fórmula Delcy. Pero no puede cerrar los ojos frente a las necesidades de cooperación con Trump. Y esas no van con encerrarse con los suyos a cantar consignas.
La estrategia debe mirar a México de otro modo: a las universidades, a los empresarios, a los profesionistas antes que a los políticos de la oposición, aunque igualmente debe escucharlos. El propósito debe ser tejer con sectores amplios una fuerte red de acuerdo, intercambio de ideas, resistencia y colaboración. Consolidar apoyo amplio para la negociación y para atemperar las amenazas y eventuales acciones estadounidenses.
Dijo Boric: “La izquierda que solamente le echa la culpa al adversario está condenada a diluirse”. En las circunstancias actuales es atendible en México esa reflexión.