Durante años se nos vendió la relación con Cuba como un gesto político cargado de épica: petróleo por solidaridad, médicos por humanismo, silencio por respeto. Hoy la narrativa ya no alcanza. Porque el problema dejó de ser ideológico y pasó a ser administrativo, jurídico y profundamente estatal.
México no solo está regalando recursos. Está rematando su identidad.
La investigación de Dolia Estévez reveló algo que debería haber provocado una sacudida institucional inmediata: ciudadanos cubanos portando actas de nacimiento mexicanas expedidas de manera irregular. No por el INE. No por el Registro Civil. No por la Secretaría de Gobernación.
Fueron los consulados —Houston, primero; Costa Rica, después— los que levantaron la alerta y enviaron reportes formales a la SRE. Reportes claros: las personas portadoras de esas actas no cumplen los requisitos para obtener la nacionalidad mexicana. No nacieron aquí. No siguieron procedimiento alguno. Aun así, tienen el documento base de todo el sistema.
Aquí conviene dejar algo claro: el debate no es cuántos son. Tampoco si votarán en 2027 por Morena (que, por supuesto, lo harán).
Ese enfoque es menor, casi distractor. El verdadero escándalo es otro: cuando el Estado pierde el control de sus actas de nacimiento, deja de controlar quién pertenece a él. Pierde control total de México.
El acta no es un trámite cualquiera. Es el cimiento de la nación. De ella se desprenden el padrón electoral, la CURP, el pasaporte, la identidad jurídica. Cuando ese documento se falsifica, se trafica o se distribuye sin control, no se “ayuda” a nadie: se perfora la soberanía administrativa.
Y Cuba aparece otra vez, no como excepción sino como regla, síntoma, sistema.
Durante este sexenio ha recibido petróleo mientras Pemex se hunde; médicos mientras los nacionales protestan por condiciones laborales; discursos mientras se normaliza la represión en la isla. Ahora recibe algo más valioso: papeles mexicanos.
¿Huyen del régimen? Posiblemente.
¿Buscan movilidad internacional? Seguramente.
¿Quieren blindarse ante un eventual endurecimiento migratorio de Estados Unidos? No suena descabellado.
¿Son espías y agentes de adoctrinamiento? Sin duda.
Pero ninguna de esas razones justifica que el Estado renuncie a verificar quién es mexicano y quién no.
La pregunta incómoda no es por qué los cubanos quieren actas mexicanas. La pregunta es cuáles autoridades las están expidiendo, bajo qué red de complacencia, con qué complicidades y desde cuándo.
¿Habrá una auditoría real al Registro Civil?
¿Al padrón del INE?
¿O seguiremos enterándonos por terceros de lo que las autoridades mexicanas prefieren no ver?
Porque si hoy el documento mexicano circula como mercancía política, mañana —¿o ya ocurre?— el fenómeno no se limitará a Cuba. Cualquier nacionalidad para la que el acta mexicana sea un salvoconducto rentable entrará al mercado. No por identidad, sino por conveniencia.
La 4T llama humanismo a lo que en realidad es negligencia estructural.
Regalar petróleo debilita a Pemex.
Pagar médicos extranjeros precariza a los nacionales.
Pero regalar actas de nacimiento desfonda al Estado mismo.
Para Cuba, sin pudor.
Para México, sin control.