Francisco Barrio (1950-2025) fue un precursor de la democracia mexicana que hoy se encuentra en estado crítico. Lo conocí en Chihuahua, en la primavera de 1986. Era candidato del PAN a la gubernatura de ese estado. Teníamos casi la misma edad y los mismos sueños. Los compartía un sector amplísimo de la sociedad chihuahuense -obreros, empresarios, maestros, estudiantes, religiosos y, sobre todo, mujeres-. Era emocionante ver la relación estrecha y respetuosa entre Luis H. Álvarez, heredero del chihuahuense Gómez Morin, y el profesor Antonio Becerra Gaytán, líder de izquierda que había comprendido cabalmente la importancia de la democracia.
Le pregunté sobre la importancia de la religión en su vida. “Es lo más fuerte, lo más importante”. El ingreso al Movimiento en el Espíritu Santo tuvo en él un carácter de “conversión y catarsis”. Su despertar, afirmó una vez, fue similar al del profeta Jeremías.
Lo acompañé a una reunión con un grupo de empleados de la R.C.A. En el tránsito comprobé su popularidad. El diálogo con los empleados era franco y claro. Reconocía que su táctica había sido básicamente de “ataque” y “cuestionamiento”, con “poco énfasis en un programa”. Advirtió sobre el “bloqueo informativo” y apuntó un ejemplo concreto: “desde el centro intentaron la clausura de una radiodifusora, pero la gente quitó los sellos”. En cuestiones electorales “ya no se cuidan ni las formas -me dijo-. El fraude está en marcha… el gobierno pregona que no va a soltar nada… Tenemos que arrebatárselo… ¿Hasta dónde llegaremos?… Hasta todo. Evitar la violencia, pero no doblegarse, no claudicar”. En todo el estado -agregó- el PRI enfrenta una situación difícil. Una encuesta en la ciudad de Chihuahua favorecía al PAN sobre el PRI en una proporción de 3 a 1: “El fraude está canijo”.
El fraude “estaba canijo”, pero se consumó. En Vuelta convocamos a un grupo plural de intelectuales para protestar por el fraude. Nunca antes habían firmado personas de tan diversas ideologías. Para restaurar la concordia y la credibilidad, pedíamos la anulación de la elección. Nos unía la fe en la democracia. El gobierno, en su soberbia, no concedió la anulación. La historia se lo reclamaría. Seis años después, Barrio llegó a la gubernatura de Chihuahua. Su toma de posesión fue tristísima: una de sus hijas había muerto en un accidente cuando lo acompañaba en la campaña. Su paso posterior por el servicio público fue discreto, honesto y eficaz.
Sin la gesta de Francisco Barrio no se entiende el coraje cívico de Manuel Clouthier ni el subsiguiente compromiso de Vicente Fox. Para mover a Morena se necesitará “una fe que mueva montañas”, pero también un líder. ¿Dónde está el nuevo Francisco Barrio?