Crecí en un país donde no había credencial de elector confiable, tinta indeleble, padrón auditado, ni funcionarios ciudadanos de casilla. Crecí en un México donde el voto no era plenamente libre, donde la privacidad en la urna no estaba garantizada y donde el partido en el poder no podía perder. Crecí en un lugar sin alternancia, sin competencia real, con elecciones organizadas por el gobierno y para el gobierno. Fue hasta los años noventa, después de largas luchas ciudadanas, presiones partidistas, movilización social y reformas graduales, que empezó a construirse otro régimen. Imperfecto y con vicios, pero con algo fundamental: la posibilidad real de que el poder cambiara de manos, el requisito mínimo de cualquier democracia.
El corazón del problema está en la autonomía. El oficialismo insiste en que el INE puede tener “independencia”, pero no autonomía. Es como decir: puedes decidir libremente, siempre y cuando yo controle tu presupuesto, tu estructura y tu supervivencia. La autonomía constitucional conquistada en 1996 no fue un lujo tecnocrático; fue el mecanismo que separó al árbitro del jugador. Sin ella, el árbitro se vuelve vulnerable. Se convierte en una oficina más del gobierno. Y cuando el gobierno organiza las elecciones, el gobierno siempre gana.
El discurso del ahorro es la gran coartada. Reducir el costo de las elecciones. Bajar el financiamiento a los partidos. Eliminar plurinominales. Todo suena popular. Todo es profundamente engañoso. El INE cuesta alrededor de 14 mil millones de pesos al año. Pemex recibió en 2025 casi 400 mil millones en apoyos. El sistema electoral completo se paga con días -no años- de rescates a una empresa quebrada. El problema no es fiscal. Es político. El dinero es el pretexto; el control es el objetivo.
Esta reforma no viene a corregir excesos ni a perfeccionar la democracia. Viene a domesticarla. Es el regreso al primorenismo: un poder que se eterniza, un árbitro dócil, una oposición permitida sólo hasta donde no incomode y elecciones diseñadas para no alterar al poder. Democracia como escenografía. Competencia como trámite. Y sí, hay traición. Morena no traiciona sólo en nombre de la austeridad. Traiciona en nombre de la “gobernabilidad”, de la “voluntad popular”, del pueblo convertido en dogma, del desprecio a los contrapesos y de la idea peligrosa de que ganar elecciones autoriza a vaciar la democracia. Está desmontando, pieza por pieza, las instituciones que defendió cuando fue oposición. Hoy, ya instalado en el poder, patea la escalera por la que subió y cambia las cerraduras.
La jaula no se impone con grilletes visibles ni con tanques en la calle. Se construye con leyes aparentemente técnicas, con discursos tranquilizadores y con mayorías que confunden fuerza con legitimidad. Barrote a barrote. Cerrojazo a cerrojazo. Y cuando se escucha el golpe seco de la puerta, ya no hay retórica que la vuelva a abrir. México ya conoce ese sonido. Sabe cuánto cuesta salir. Y si vuelve a entrar a la jaula, no será por ignorancia, sino por haber permitido -una vez más- que el poder la cerrara en su nombre.
denis, mañana va a venir un mandatario y de abroga la constitución,y la ordena una nueva, todo se lo llevo la historia.