México está en la mira. No como socio, no como vecino incómodo, sino como objetivo potencial de una doctrina que Donald Trump ya dejó clara: el derecho internacional no lo limita; solo lo hace “su propia moralidad”. Eso afirmó y reiteró en Fox News cuando habló de “empezar ya” a golpear tierra para combatir a los cárteles. Tierra mexicana. En su narrativa, México es un país dominado por criminales; su Presidenta, una mujer “agradable” y “respetable”, pero atrapada por fuerzas que no controla. El mensaje es inequívoco: si Venezuela fue posible, México es pensable.
En ese mapa, Claudia Sheinbaum ocupa un lugar incómodo. Trump la elogia mientras la desautoriza: “buena mujer”, sí; pero en un país “dirigido por cárteles”. La visión se repite una y otra vez desde Washington, y no es retórica inocua. Es el preámbulo de la presión creciente. Es la coartada para la injerencia anunciada. Es el relato que prepara a la opinión pública estadounidense para justificar lo que venga.
Sheinbaum camina por una cuerda floja cada vez más tensa. Defiende la soberanía, condena la intervención en Venezuela, provee petróleo a Cuba, mientras asegura que no aceptará tropas extranjeras en México. Al mismo tiempo, este año se renegocia el T-MEC, y Trump ya dejó claro que las tarifas, la seguridad y el fentanilo son instrumentos de coerción. La Presidenta acorralada mide cada palabra. Y aun así, no alcanza. Porque la agresividad del trumpismo no se aplaca con desplegados. Se negocia con concesiones.
¿Hasta dónde llegará México? La “nueva colaboración” con EU -ese eufemismo- probablemente signifique más injerencia: entrenamiento, inteligencia, presencia, operaciones militares conjuntas. Un corrimiento del límite que se presentará como cooperación responsable. Un viraje que se explicará como pragmatismo. Un precio que se pagará para evitar algo peor.
Ya que la lógica de Washington es la del ejemplo -castigar a uno para domesticar a los demás-, entonces el siguiente capítulo exigirá una ofrenda. En la jerga cruda de la política: cabezas. Altos mandos de Morena señalados por vínculos con el narcotráfico, hoy protegidos por el silencio o la inercia, podrían convertirse en moneda de cambio.
Y Sheinbaum está atrapada. Es una Presidenta que presume soberanía mientras ajusta su política a la imposición del otro. Es una líder atrapada entre el discurso y la realidad, entre la doctrina histórica de la no intervención y la geopolítica del castigo. México no está negociando desde la fortaleza institucional, sino desde la vulnerabilidad acumulada. Por más que Claudia Sheinbaum mantenga la cabeza fría o aparezca en listas de mujeres destacadas o estilosas del New York Times, nada de eso alterará la asimetría brutal de poder ni la lógica de un Presidente estadounidense que concibe a México como un problema de seguridad nacional y un territorio a disciplinar.
Frente a un Trump cada vez más agresivo, menos contenido y dispuesto a cruzar líneas, Sheinbaum tendrá pocas alternativas. No la del diálogo entre iguales. No la de la contención diplomática. Su ruta será la del doblegamiento gradual, envuelto en el lenguaje de la cooperación, y “la responsabilidad compartida”. Dado que está en la mira, no le quedará más opción que agacharse.
emulando a ruben figueroa f, decia, es buena persona buena pero tonto.