En la historia de las sucesiones presidenciales en la actual era constitucional, no ha habido alguien que se haya colocado tan temprano en el arrancadero como Omar García Harfuch.
Han existido distintos desenlaces en este lapso: presidentes que logran entregarle la banda a quien ellos prefieren (los menos), presidentes que se han tenido que conformar con lo posible (los más) y presidentes que han visto perder al candidato de su partido contra la oposición…
Lo que no ha habido hasta ahora –como reseñamos José Elías Romero Apis y yo en el libro Poder y Deseo. La sucesión presidencial en México (2023)– es un aspirante que domine la contienda de punta a punta. Pero tampoco uno que aparezca con tantas posibilidades reales de ser Presidente, tanta influencia y tan escasos oponentes internos y externos, como García Harfuch, sobre todo cuando apenas se ha cumplido una quinta parte del sexenio.
Ayer, la proyección pública de la imagen del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana avanzó otra casilla con su inclusión en la escena de la llamada telefónica entre la presidenta Claudia Sheinbaum y su homólogo Donald Trump.
La mandataria parece haber comprendido que, para garantizar la continuidad de la autodenominada Cuarta Transformación en 2030, es indispensable que su periodo arroje buenas cifras seguridad o por lo menos mejore la percepción pública en la materia. Por eso, y por la delicada relación con Estados Unidos, es la insistencia en subrayar la disminución del número de homicidios dolosos que su gobierno ha logrado hasta ahora.
Pero la fortaleza de García Harfuch en el tablero sucesorio se nota no sólo en la forma en que su jefa resalta la labor del Gabinete de Seguridad, sino también en la manera en que personajes cercanos al secretario se han ido colocando en posiciones relevantes dentro de la administración pública.
Entre otros casos están los de Omar Reyes Colmenares, quien sustituyó a Pablo Gómez al frente de la Unidad de Inteligencia Financiera, y Francisco Almazán Barocio, titular del Centro Nacional de Inteligencia, colaboradores ambos de García Harfuch desde que éste fue secretario de Seguridad Ciudadana de la capital del país.
El relevo de Alejandro Gertz Manero por Ernestina Godoy en la Fiscalía General de la República, a finales de noviembre, también abrió la puerta para que distintos funcionarios cercanos a García Harfuch ocuparan posiciones en la institución: Héctor Elizalde Mora, en la Agencia de Investigación Criminal; César Oliveros Aparicio, en la Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada, y David Boone de la Garza en la Fiscalía Especializada de Control Regional, es decir, la coordinación de todas las delegaciones.
Otra fortaleza que tiene García Harfuch en el largo camino que falta para 2030 es una buena relación con el gobierno estadunidense. Eso se ha notado en las reuniones bilaterales de seguridad; en la elogiosa entrevista que le realizó el diario The New York Times en diciembre pasado, y en el hecho, ya comentado, de que Sheinbaum haya decidido sentarlo a la mesa para la llamada con Trump.
Desde que los temas de seguridad fueron sacados de la Secretaría de Gobernación, no ha sido costumbre que los funcionarios encargados de esa materia tengan un papel protagónico en la alta política, particularmente en los confines de la sucesión. La diferencia, esta vez, parece ser, como digo arriba, que la Presidenta esté apostando el éxito de su gobierno al control de la violencia criminal, sobre todo cuando en la economía no hay mucho que presumir, pues el país no ha podido salir del estancamiento.
Para poder cruzar exitosamente la meta de 2030, García Harfuch tendrá que superar una serie de pruebas. La primera es que logre que disminuyan, de manera inobjetable, los indicadores de inseguridad; la segunda, que no le metan el pie los funcionarios estatales que se han coludido con la delincuencia, y la tercera, romper la resistencia del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien no lo dejó pasar a la candidatura para el gobierno capitalino.
Si logra superar esos retos, García Harfuch tendrá sin duda el camino abierto para ser candidato presidencial en 2030, algo que su padre buscó con ahínco en 1982 y no pudo conseguir.