Columna invitada

Donald Trump en cristalería

Columnas

Quizás sean los signos de los nuevos tiempos geopolíticos que no alcanzamos todavía a comprender, o sea una arriesgada jugada electoral para recuperar terreno en las próximas elecciones de noviembre, pero el esperado discurso del presidente Donald Trump en la Cumbre de Davos será recordado para la historia de lo que no se debe hacer: salir a fabricar enemigos, aún de los grandes aliados.

Jamás imaginamos que seríamos testigos del día en que el Jefe de Gobierno de la nación más poderosa rompiera el orden mundial y le declarara la guerra a todos los mandatarios que lo escuchaban en el más importante cónclave político del planeta.

Nada de mostrar diplomacia, ninguna consideración para quienes siempre fueron aliados, asumiendo en cada palabra que todos son enemigos: la OTAN, Canadá, Europa, Dinamarca, Groenlandia, Francia y Venezuela.



De lo que fuimos testigos ayer fue del fin de una era, de la antesala de la eventual caída del Quinto Imperio -después de España, Inglaterra, Alemania y la Unión Soviética- cuyo Líder Supremo ya decidió que los equilibrios geopolíticos como los conocíamos, después de la Segunda Guerra Mundial, ya no existen.

El presidente Donald Trump salió a hablar en un evento de esa dimensión global sin un texto, sin una guía, improvisando y lanzando llamaradas a todos los que le antecedieron y cuestionaron su radicalismo. Desde el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pasando por el presidente de Francia, Emmanuel Macron hasta llegar al jefe supremo de la OTAN, Mark Rutte, y anunciando de paso sus planes para relevar de su puesto a Jerome Powell, el actual presidente de la Reserva Federal norteamericana.

Todos se confrontaron con el inquilino de la Casa Blanca. Todos criticaron la violencia de sus acciones, como la reiterada exigencia de que Groenlandia se anexe de inmediato a Estados Unidos. Todos lamentaron los excesos sin límite no sólo de Estados Unidos, sino de las otras grandes potencias. Todos censuraron el autoritarismo con el que el hombre fuerte de Washington trazó un discurso que confirmó lo anunciado un día antes por su secretario de Comercio, Howard Lutnick, de que la era del comercio global estaba entrando a su fin.



Pero lejos de entrar en pánico o de asumir una actitud cobarde, los jefes de Estado desplegaron una actitud contestataria. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, no vaciló en decir que las potencias intermedias no son impotentes y que tienen la capacidad de construir un nuevo orden político y económico que tenga respeto a los derechos humanos, al desarrollo sostenible, a la solidaridad, a la soberanía y a la integridad territorial de los distintos Estados. Eso le valió al canadiense una sonada ovación de pie el pasado martes que incomodó hasta Washington, al presidente norteamericano que se disponía a abordar el Air Force One para dirigirse a Suiza.

El discurso del mandatario canadiense se dio días después de que se anunciara que, frente a las amenazas de que el presidente Donald Trump, incluso, querría anexar a Canadá a los Estados Unidos, esa nación integrante del T-MEC ya estaba sentada a la mesa con el presidente de China para abrir los espacios que se están cerrando con su tradicional socio comercial del sur.

Pero Trump fue más allá de Canadá y de su afán por hacerse de Groenlandia para evitar una amenaza de Rusia y de China a la seguridad de los Estados Unidos y de Europa. El inquilino de la Casa Blanca se fue directo, de frente, contra Europa denunciando que sus otrora aliados no van en la dirección correcta y dibujó un escenario de armamento nuclear que hace dos semanas le habría fallado a Rusia. No dio más detalles. Sólo encendió las alarmas.



“Así que ahora nuestro país y el mundo enfrentan un riesgo mucho mayor que nunca antes por los misiles, por lo nuclear, por armas de guerra de las que ni siquiera puedo hablar. Hace dos semanas, estas armas de las que nadie había oído hablar no pudieron disparar ni un solo tiro. Dijeron ‘¿qué pasó?’. Todo estaba desordenado. Dijeron ‘jalamos el gatillo y no pasó nada’. Ningún misil salió por Rusia, así que retrocedieron”.

Vino entonces el reclamo de que Estados Unidos ha sido tratado injustamente por la OTAN y se atrevió a decir que, si Norteamérica fuera atacada, probablemente ninguno de sus aliados estaría ahí para apoyarlo.

El discurso del presidente Donald Trump estuvo envuelto en aires de una enorme egolatría, donde él mismo se definía como el líder que más ha hecho por el planeta y, en pocas palabras, tuvo la virtud de colocar a quienes apenas ayer eran sus aliados en la acera de sus inmediatos y potenciales enemigos.



Para algunos, esta posición radical del inquilino de la Casa Blanca no es más que otra de sus jugadas de “el arte de negociar” que tanto presume en sus libros. Amenazar con la fuerza para lograr lo que se quiere. Y si la reacción del oponente no es la esperada -como fue en este caso con Canadá, Francia y la OTAN- replegarse, como lo hizo al dar marcha atrás, ayer mismo, a la amenaza de castigar con aranceles a los países europeos que se opusieran a la anexión de Groenlandia a los Estados Unidos.

Otros, sin embargo, sostienen que este es apenas el preludio de 10 largos meses previos a la elección intermedia de los Estados Ubidos, en la que el Partido Republicano tiene en juego retener el control del Congreso. Y que el presidente Donald Trump hará todo lo que él crea indispensable -incluyendo una guerra económica- para ganar electores que estén convencidos de que él está tomando las controvertidas decisiones en favor del “Make America Great Again”.

Sea como fuere y aunque no tocó por su nombre a México, el inquilino de la Casa Blanca reiteró que va por los cárteles y por la recuperación de la seguridad “en la frontera sur”, es decir, con México. Porque el eje de la reconquista de la “Doctrina Don-Roe” pasa por la ruta de seis países: Venezuela, Colombia, México, Canadá, Groenlandia y Cuba.



Lo único que resta hoy es abrocharse los cinturones y que, con la cabeza fría, la presidenta Claudia Sheinbaum y quienes entiendan de política exterior en su Gabinete decidan qué camino tomar. Por lo pronto, ya pasaron por Palacio Nacional tanto el primer ministro como la gobernadora de Canadá. Algunos acuerdos se habrían concretado. Muy pronto lo sabremos. Por ahora, lo que vendrá, será la contabilidad de los destrozos que en Davos hizo “el chivo en la cristalería”.

Ramón Alberto Garza

Ramón Alberto Garza García es un periodista mexicano, actual editorialista del sitio Código Magenta. Garza fundó el periódico Reporte Índigo, fungió como vicepresidente de Televisa y presidente de Editorial Televisa y director editorial de los diarios Reforma y El Universal.​

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