Se cumple el primer año del segundo Trump. Doce meses de vértigo. Su gobierno se impone con decretos, desafía a los jueces y se brinca al Congreso. El ejército desfila para celebrar el cumpleaños del Presidente y aterroriza a sus ciudadanos. El gobierno estrangula universidades y acosa a los medios. El Presidente predica diariamente un sermón de rencores. En el discurso oficial el odio se glorifica como deber cívico. El Presidente no alienta la conciliación: atiza el pleito. Su gobierno hace propaganda con la muerte. No la esconde: la difunde. A todo el mundo trasmite imágenes de personas a las que elimina desde el aire. La administración los llama criminales, pero no los somete a juicio, los pulveriza a la mitad del mar haciendo alarde de una tecnología de exterminio. Nadie se ha carcajeado del derecho internacional como lo hace el presidente de Estados Unidos. Desconoce acuerdos comerciales, ignora tratados, desprecia alianzas históricas, humilla mandatarios. Funda protectorados y asume el control de un país con el fin explícito de explotar sus recursos. La única diplomacia en la que cree es la intimidación. Quien no se deshonra, quien no se pliega sufre el azote de los aranceles o de su ejército.
No termina el asombro por lo que hace ni el asombro por quien es. El gobernante deshace con determinación todo lo que fortalecería su causa, ataca el conocimiento, mina sus alianzas, corteja a sus enemigos. Se entrega al espectáculo de la intimidación y a la producción de conmociones. Se maravilla con las marcas visibles del poder, con el efecto que tienen sus palabras, sus gestos, sus bromas. Le entusiasma la indignidad de su entorno. Juega con sus vasallos mientras se cuadra con los autócratas.
Su política es la política del aturdimiento. Embestidas cotidianas a la racionalidad y a la decencia que provocan pasmo. No hay descanso. Cuando parece que se encuentra un arreglo, aparece la bravata. Una provocación tras otra. Esa es la normalidad trumpiana. Un escándalo que se encima al previo; una locura que se empalma con una salvajada; una expresión aberrante que acompaña una decisión demencial. No hay respiro y en esa falta de aire se impone el atropello despótico. Si uno quiere hacer denuncia de la ilegalidad ya se han consumado veinte trampas antes de que uno logre señalar el abuso inicial. En unas cuantas horas podemos ser testigos del peor asalto a la democracia, la agresión más inquietante al orden internacional, la tontería económica más costosa y una patanería de bajeza inconcebible. A golpe de sustos y desconciertos cotidianos la crítica pierde efecto. El déspota siempre va un paso adelante. Rompiendo norma tras norma, afloja los reflejos cívicos. Provocando indignación todos los días, la banaliza.