México cerró 2025 con una sensación incómoda, casi esquizoide, como si el país avanzara con un pie en el futuro y el otro hundido en el pasado. Un año de contrastes brutales: avances sociales reales conviviendo con retrocesos institucionales profundos; políticas públicas que alivian la vida cotidiana de millones, mientras se vacían de contenido los contrapesos que sostienen a una democracia. Un gobierno que presume resultados al mismo tiempo que erosiona, con intención y disciplina, las reglas del juego democrático. No es contradicción accidental: es el sello de época.
En el frente internacional, la relación con Donald Trump se manejó con pragmatismo. Frente a un actor impredecible, el gobierno de Claudia Sheinbaum mantuvo la cabeza fría, sin estridencias. En un mundo volátil, la estabilidad diplomática se volvió un activo. La inversión extranjera directa resistió; mucha es reinversión, sí, pero el dato clave es que -comparativamente- México siguió siendo atractivo a pesar de mandar señales inquietantes.
Se fue Alejandro Gertz Manero, dejando una Fiscalía politizada, vengativa y facciosa. Y en seguridad, con Omar García Harfuch, se percibe un cambio de método: más coordinación, más inteligencia, menos retórica. No es la solución total, pero sí un giro frente al voluntarismo fallido que tanto daño hizo.
La impunidad en materia de corrupción sigue intacta. Los escándalos se acumulan -Segalmex, la Barredora y otros- sin consecuencias reales. El mensaje es brutalmente claro: en la 4T la corrupción no se erradica, se administra. Se tolera si es leal. Se castiga sólo si es incómoda. A esto se suman los “mirreyes” de la 4T. Hijos, dirigentes y legisladores que exhiben estilos de vida incompatibles con sus ingresos. La austeridad fue discurso; el privilegio, práctica cotidiana. El poder moral se diluyó entre vuelos, relojes y restaurantes caros.
La llegada de Ernestina Godoy a la Fiscalía no significó renovación, sino continuidad. Más partidización, más selectividad, más justicia al servicio del poder. Y mientras tanto, la violencia muta sin desaparecer: bajan los homicidios, aumentan los desaparecidos. Cambia la estadística, no el drama. La injerencia estadounidense crece en huachicol y seguridad, colocando al gobierno entre la retórica de la soberanía y la incapacidad real para controlar el territorio.
Y finalmente lo feo: la normalización del deterioro democrático y del crecimiento económico que no llega. La idea peligrosa de que se puede gobernar eficazmente para los pobres mientras se destruyen las reglas que protegen a todos. Que la eficacia social justifica el autoritarismo. Que la aplanadora política de la 4T puede arrasar instituciones sin costo.
Frente a la embestida morenista, los demócratas mexicanos tendrán que ser más fuertes, más resilientes y más valientes que nunca. Defender instituciones no es nostalgia: es supervivencia cívica. Porque cuando la democracia se vuelve decorado, el poder se acostumbra a mandar sin rendir cuentas y la ciudadanía aprende -peligrosamente- a conformarse. Y un país que se conforma deja de exigir, deja de vigilar y, poco a poco, deja de ser libre.