Colgaron a México como piñata y luego se preguntan por qué Trump nos da palo tras palo. Con las reformas de López Obrador y ahora de Claudia Sheinbaum, el gobierno le entregó a Estados Unidos la macana con la cual golpearnos. Ahora vemos cómo caen los dulces de la soberanía perdida. Reforma energética, eliminación de reguladores autónomos, reforma judicial, nueva ley fiscal: todas las decisiones que el obradorismo vendió como gestos de independencia han terminado convertidas en el garrote con el cual Washington y los inversionistas norteamericanos le pegan al país. Lo advirtió hace poco el economista Gerardo Esquivel: “ya no espanten a la inversión”.
Así de claro. Los principales CEOs estadounidenses -de Apple, General Motors, JP Morgan Chase y Walmart- enviaron una carta a la Casa Blanca alertando sobre el deterioro institucional en México. Señalan que la reforma judicial erosiona la independencia de los tribunales, convirtiendo el arbitraje de inversiones en terreno minado. Critican la protección excesiva a Pemex y CFE, la desaparición de la Cofece y los cambios abruptos en política fiscal. Exigen que a futuro, las disputas sean resueltas por paneles de controversia en los cuales el gobierno de México no pueda determinar el resultado. En suma: México ha dejado de ser un socio confiable y se está volviendo un riesgo.
Ni hablar de la aviación. El Departamento de Transporte de EU, empujado por Trump -el bully de siempre-, canceló 13 rutas de aerolíneas mexicanas por violar el Acuerdo Bilateral de Transporte Aéreo. Para presumir el AIFA, López Obrador le quitó “slots” a las estadounidenses en el AICM y las obligó a usar su aeropuerto insignia, mezcla fallida de carga y pasajeros. Washington lo llamó competencia desleal. Y ante el golpe, Sheinbaum respondió con tecnocrática frialdad: “Sería irresponsable revertir el decreto”. Lo irresponsable, en realidad, es confundir obediencia con gobernabilidad y obstinación con firmeza.
El T-MEC no es una imposición imperialista; es una red de compromisos que México aceptó libremente, de la cual depende más del 80% de nuestro comercio exterior y el poco crecimiento económico que aún se da en condiciones adversas. Romper las normas que lo forjaron no fortalece la soberanía: la diluye. Un país soberano no es el que se transforma en piñata, sino el que sabe respetar las reglas de la fiesta. Un país soberano no le regala pretextos a Trump, que, entre guiños y golpes, le exige a Sheinbaum más cooperación militar y más concesiones comerciales.
En 2026, cuando se reabra la negociación del T-MEC, México llegará debilitado: sin árbitros autónomos, sin tribunales confiables, sin credibilidad. Estados Unidos y Canadá exigirán mecanismos externos de resolución, desplazando las instituciones mexicanas -incluyendo juzgados y reguladores- porque ya no confían en ellas. Esa será la triste paradoja del obradorismo: en nombre de la soberanía, nos volvieron una piñatísima. Washington impondrá sus términos a trompadas.
Mientras el SAT espanta inversiones, la justicia se somete al oficialismo y los tratados se incumplen, el país que presume soberanía se cuelga solo del mecate. Y cuando Trump reparta palos en la siguiente negociación comercial, él y los suyos no sólo vaciarán la piñata. Tratarán de llevarse todos los dulces.