Salieron videos. Hubo eventos con luces, discursos encendidos y selfies triunfales anunciando la nueva imagen del Partido Acción Nacional. Hablaron de renovación, de relanzamiento, de reencontrarse con la ciudadanía. Se presentaron logos rediseñados, promesas recicladas y un llamado a “volver a creer”. Pero justamente eso -ese relanzamiento tan limitado, tan cosmético- revela que no entienden que no entienden.
Fox convirtió la Presidencia en un talk show. Marta Sahagún en un reality show. Calderón creyó que podía ganar legitimidad con balas. Doce años que pudieron cambiarlo todo y solo cambiaron de manos la chequera. Doce años de oportunidades desperdiciadas, de rendición de cuentas ausente, de complicidades con los mismos empresarios, caciques, contratistas y cúpulas a las que prometieron enfrentar. Sí, hubo avances administrativos, algunos gobiernos locales profesionales, cierta modernización, logros en cultura. Pero también hubo complacencia. Y cuando llegó el castigo, lo ignoraron.
Morena es, en gran parte, una reacción al fracaso ético y político del PAN. Tres elecciones consecutivas -2012, 2018, 2024- y el mensaje del electorado sigue sin entrarles en la cabeza. La población no quiere volver al pasado. No quiere discursos morales, sino políticas sociales. No quiere una derecha persignada, sino una oposición capaz de hablar de desigualdad, de pobreza, de derechos, de feminismo, de dignidad.
Y todo esto sucede mientras el país cambió. Desde 2018 hubo un realineamiento electoral, como explica el académico Alejandro Moreno en El viraje electoral. México viró a la izquierda. Viró hacia las preocupaciones sociales que el PAN nunca supo entender. Porque el PAN todavía respira elitismo, clasismo, misoginia, discriminación. No habla el idioma de las nuevas generaciones. No ofrece una contranarrativa a la resonante “larga noche neoliberal”, más que regresar ahí.
Peor aún: no hay líderes sólidos en su dirigencia. No hay imaginación. El PAN que en los ochenta y los noventa jugó un papel clave en la transición democrática -negociando, movilizando, construyendo ciudadanía, sacándola a las calles- se convirtió en una sombra que solo tuitea. De partido opositor, pasó a ser coro de lamentaciones. De fuerza política, a hashtag. Perdió la capacidad para ser receptáculo del descontento, revelado a nivel granular en encuestas donde se aprueba a Sheinbaum, pero se reprueban los resultados de su gobierno.
Un verdadero relanzamiento implicaría un cambio real de dirigencia. Una asamblea abierta para debatir nuevos estatutos. Un discurso que ofrezca esperanza, soluciones, agendas osadas. Un cambio de nombre. Una refundación. Un gesto audaz que dijera: aprendimos, cambiamos, volvimos distintos. No basta solo cortar la alianza con el PRI o acurrucarse con ultraderechistas.
Pero lo que hemos visto es solo una depuración del logo. Un video donde el bien y el mal luchan como en una película de ciencia ficción. Una estética apocalíptica, una narrativa simplona. Un relanzamiento que parece más bien un rehundimiento. Y lo que Acción Nacional necesita no es un nuevo logotipo. Es una nueva columna vertebral.