Durante mi etapa de estudiante universitario y en mis primeros años como periodista, el ingeniero Heberto Castillo fue una figura muy presente en mi vida.
Muchos domingos, acudía yo a las reuniones públicas que realizaba el comité nacional del Partido Mexicano de los Trabajadores, en un local de la avenida Bucareli, sólo para escucharlo.
Nunca fui miembro de esa organización, fundada por él, pero la entrada era libre y siempre salía con la sensación de haber aprendido algo. Y también divertido, pues el oriundo de Ixhuatlán de Madero, Veracruz, tenía un gran sentido del humor y sus diálogos con Eduardo Valle, El Búho —ambos participantes del Movimiento de 1968 y expresos políticos—, solían sacar carcajadas, por más serios que fueran los temas que discutían.
Años después, ya como periodista, acudía frecuentemente a su casa, en la colonia Romero de Terreros, para entrevistarlo sobre distintos temas. Ambos trabajábamos en la misma revista —él como opinador, yo como reportero—, y no siempre coincidía yo con lo que escribía, ni él con las posiciones editoriales de nuestro medio. Una vez usó su artículo para criticar uno de nuestros reportajes, cosa que nos disgustó a varios, pero, como argumentó nuestro director, don Julio Scherer García, “Heberto es Heberto”, y terminamos haciendo las paces.
Uno de los episodios de su vida política que más hizo crecer mi admiración por él fue su visita al panista Luis H. Álvarez durante la huelga de hambre que éste realizaba, como alcalde de Chihuahua, junto con otros, en protesta por el llamado “fraude patriótico” que cometió el oficialismo de entonces en las elecciones de gobernador de mi estado en 1986.
“Quiero hacer especial mención al encuentro que tuve con Heberto Castillo, con quien, a partir de entonces, establecí una singular amistad”, escribió Álvarez en sus memorias, publicadas en 2006.
Castillo propuso a éste levantar la huelga de hambre y emprender juntos una gira nacional por la democracia. “Heberto insistió en que había que prepararse para enfrentar al sistema en las elecciones federales de 1988”, relató el excandidato presidencial. “Ante la resistencia de los ayunantes, Castillo perseveró en su propuesta de formar un frente amplio de oposición, de derecha e izquierda, para hacer respetar la voluntad popular. Mencionó, incluso, que si se cerraban los caminos de la lucha política, podrían darse otras formas de acción, en las cuales, si fuera necesario, él estaría también dispuesto a morir”. Y así, con el exhorto de no entregar la vida de golpe —como estaba dispuesto a hacer Álvarez—, sino “en abonos”, la huelga de hambre se levantó.
No sería el único acto de generosidad de Heberto. Quizá el más recordado es cómo cedió su candidatura presidencial en 1988, para establecer una alianza con Cuauhtémoc Cárdenas y formar el Frente Democrático Nacional, que después se convertiría en PRD.
Relato todo esto con motivo de la designación de Laura Itzel Castillo, hija de Heberto, como próxima presidenta del Senado de la República.
Al agradecer a sus compañeros de Morena, ella publicó ayer en sus redes sociales que asumiría el cargo para avanzar “en la construcción del segundo piso de la Cuarta Transformación”. También prometió ser institucional, pero lo matizó al decir que mantendría “en alto y con orgullo” su afiliación y origen de izquierda.
Por supuesto, nadie debiera esperar que ella ni nadie renuncie a sus principios, pero sería importante que la senadora Castillo contribuya a cerrar para siempre el ominoso capítulo de la historia de la Cámara alta que se abrió con la llegada de su antecesor, Gerardo Fernández Noroña, quien no mostró un gramo de generosidad en el cargo y condujo la asamblea siempre con parcialidad, majadería y desprecio hacia la oposición.
Ojalá aparezcan en Laura Itzel las enseñanzas de su padre, quien el 30 de junio de 1977, durante las audiencias públicas de la reforma política de ese año, dijo que su partido, el PMT, no tenía miedo a coincidir con el PAN y con el PRI, y se manifestó por una reforma que “abra caminos a la disidencia”.
Si comprende que presidir la Mesa Directiva implica despojarse del manto partidista, sin duda ayudará a reducir la polarización que está llevando al país por sendas peligrosas.