Un año después, así sea por el camino de la brusquedad, la oposición salió del letargo. No se trata de celebrar los empujones del miércoles, pero ya era hora de sortear el pasmo. Morena y aliados los aplastaron 12 meses, los humillaron.
Las cosas parecen haber girado. La oposición entiende que no tiene los votos, pero apunta a cobrar caro el arrasamiento del que ha sido objeto. La historia está llena de cambios que comenzaron con simbólicos, teatrales lances.
Alito, Lilly, Döring, Moreira y Añorve difícilmente podrán meter reversa. Los recuerdo congelados el 1 de octubre en San Lázaro, cuando uno supondría que en coro le gritarían “asesino” a López Obrador por los 190 mil mexicanos ejecutados en sus seis años de gobierno; “asesino” por los 300 mil que no debieron morir en la pandemia y murieron. O “ladrón” por el cinismo con el que negó y tapó negocios corrompidos que involucraban a sus hijos, hermanos, primos. Lo tuvieron dos horas sentado en el salón sin molestarlo con una trompetilla, con un “¡buh!”
Las cosas hoy se miran distintas. “No voy a ser comparsa de sus puestas en escena y sus pantomimas”, me dijo ayer el diputado del PAN Federico Döring. “Mi dignidad no me alcanza para humillarme tanto”. Veremos. Lo importante es lo que viene a partir del lunes. Por lo pronto parece que, por fin, hay una oposición decidida a correr riesgos.