Desquiciado es un adjetivo y encaja en Gerardo Fernández Noroña, que este martes tuvo su Waterloo. El presidente del Senado perdió ese día su centro de estabilidad emocional, su equilibrio y su control, cuando lo desnudaron en los medios como un hipócrita –otro adjetivo que le queda– al revelar que había comprado una casa en Tepoztlán en 12 millones de pesos. Quien usaba una retórica franciscana, pero aspiraba a ser un Rockefeller, pagó –sin contar intereses– lo que a un trabajador le llevaría 120 años cubrir con todo su salario mínimo.
La difusión de la adquisición lo desestabilizó emocionalmente y, como se dice coloquialmente, perdió los estribos y fustigó con su lengua obscena a Azucena Uresti y a Ciro Gómez Leyva, que en sus programas de radio matinales criticaron la incongruencia de Fernández Noroña, y más tarde, en el programa de Pepe Cárdenas, de quien ha sido colaborador hace algunos años, perdió el control y se exasperó cuando le preguntó sobre la zacapela que acababa de protagonizar en el Senado con su compañero de cámara Alejandro Moreno, líder del PRI.
Fernández Noroña ha encarnado durante años el epítome de la beligerancia sin discurso, y ha cultivado una imagen de rebelde indómito, hábil en la provocación, pero escaso en sustento. Su trayectoria política no es una narrativa de propuestas, sino de escenificaciones teatrales donde lo único constante es su propia altanería. Al senador lo define su capacidad de navegar entre trampas retóricas y en sus contradicciones epopéyicas. Arremete con insultos, pero exige respeto. Se presenta como defensor del pueblo, pero actúa desde el privilegio del fuero y el micrófono senatorial.
La soberbia radica en el discurso impune. De ser una figura que hizo su fama pública tirándose al suelo frente a los poderosos, más visual que efectivo, llegó al cargo por decisión del expresidente Andrés Manuel López Obrador, cuando repartió el poder y los contrapesos a su sucesora Claudia Sheinbaum. En el colmo de la irresponsabilidad, lo ungieron presidente del Senado, el peor que ha tenido esa cámara en la memoria, por su torpeza, incapacidad y manejo pendenciero y autoritario. Arrabalero –otro adjetivo a su medida–, ve el poder como extensión de su ego, no como una herramienta al servicio del diálogo.
Fernández Noroña intentó un control de daños sobre la casa, pero como si estuviera nadando en un pantano, se iba hundiendo cada vez más. Para la tarde, cuando entrevistadores de radio le preguntaron sobre el tema, les colgó el teléfono. Había sido muy claro: antes era austero y criticaba a los que tenían, porque él era pobre –traducción: era un resentido social–, pero cuando tuvo, se olvidó de esos momentos para tener autos de lujo, propiedades, viajes a destinos turísticos de fama mundial y vuelos en business class, reclamando con evocación en los camaleones, por qué no podía gastar su dinero en lo que le plazca.
Su lógica sería impecable, salvo que él fue uno de los principales promotores de la estigmatización hecha por López Obrador, no sólo del dinero de los políticos, sino de quien tuviera dinero, sin importar que fuera producto de su trabajo. Apenas el año pasado, en la campaña presidencial, atacó con saña a la candidata presidencial de la oposición, Xóchitl Gálvez, por los contratos que había logrado como empresaria. Pero de las incongruencias de los obradoristas se ha hablado bastante –aunque no necesariamente suficiente–, y para que no sienta que traicionó a sus principios, podría justificarse con la máxima marxista de que es dialéctico rectificar.
El tema de fondo, en este caso, sería más bien de transparencia: ¿con qué recursos pagó esa casa y sus otras propiedades, sus viajes, sus business class, sus autos, y esa vida desenfadada y exhibionista que nos ha regalado selfies con el torso desnudo en Nueva York? Fernández Noroña asegura que con sus recursos. Y en específico, sobre la casa en Tepoztlán, dijo que su salario como senador, como líder de la cámara; sus participaciones en medios y, sobre todo, sus videos en YouTube, le daban lo suficiente para adquirirla. ¿O qué –retó–, no creían que era capaz de comprarla?
La prensa hizo su chamba. Jorge Fernández Menéndez señaló en Excélsior que el crédito hipotecario que dijo que contrató para adquirirla, obligaba pagos de 120 mil pesos mensuales, comiéndose su salario como senador. Sobre sus recursos de youtubero, que redondeó en 188 mil pesos, Reforma lo atajó. Para haber obtenido esos ingresos en YouTube, publicó, tendría que haber tenido seis millones 836 mil 363 visitas al mes, por lo que habría recibido 27.50 pesos por cada una. Pero en los últimos 30 días tuvo 492 mil visitas, que le representaron 7.2% de los 188 mil pesos que dijo recibir. Touché, senador, y sin contar que ese crédito hipotecario era en realidad, según su declaración patrimonial, un crédito personal.
Senador, gaste su dinero como quiera, cómase sus palabras franciscanas y meta la medianía juarista en las salas VIP. Es su dinero, como bien dice, pero aclare como servidor público –a quien pagamos su salario los contribuyentes– si fue bien habido, como asegura, y de una vez por todas borre las sospechas de un origen de procedencia ilícita, como dicen sus malquerientes, que por las reacciones que vimos el miércoles, son muchísimos.