Los pactos, como los secretos, se construyen para romperse. Más aún si están sellados con saliva política, que tiene la consistencia del papel de baño usado.
Uno de esos acuerdos no escritos —pero sí muy comentados en los cafés y pasillos del poder— fue el presunto blindaje que la hoy embajadora Claudia Pavlovich habría negociado con el presidente López Obrador. A cambio de paz y olvido, se hablaba de embajadas, cónsules y sonrisas diplomáticas. Pero algo falló.
El reciente arresto de Víctor Guerrero, exsecretario de Educación en su administración, por posible peculado, deja ver que el blindaje tiene grietas. La pregunta que flota entre murmullos de grillos y tazas de café es simple: ¿Hasta dónde llegará la investigación?
Porque si hay voluntad —y conveniencia— política, lo que hoy parece un caso aislado puede convertirse en un dominó donde caigan más piezas. El círculo rojo ya lo huele.
Vale recordar que Guerrero no llegó solo a la Secretaría. Su primer jefe en esa dependencia fue Ernesto de Lucas, alias “El Pato”, ahora en las filas de Movimiento Ciudadano. Guerrero era su subsecretario. En aquel entonces se dijo, en voz baja y con cautela, que rondaba en el negocio de los uniformes escolares. El escándalo apenas asomó la cabeza… y la bajaron a sombrerazos.
Hoy, el mismo Guerrero vuelve a escena, pero esposado y en silencio. Las autoridades no han detallado el delito específico, pero ya se filtró que su gestión en el Programa Nacional de Inglés (PRONI) dejó “observaciones” millonarias. En lenguaje técnico eso significa: “Aquí falta lana”.
Las auditorías de 2019 no fueron piadosas. Diez observaciones le hizo la Contraloría General del Estado. ¿Sólo eso? ¿Sólo él? ¿Y El Pato? ¿No tiene vela en el entierro?
La historia reciente enseña que cuando se abre una caja, es difícil cerrarla sin que algo escape. ¿Revisarán otras dependencias del sexenio pavlovichista? ¿Llegará la justicia a más nombres, o será Guerrero el cordero sacrificial para que el pacto no se deshaga del todo?
¿Y si esto no fuera un ajuste de cuentas, sino un mensaje?
Porque los símbolos en política son casi tan importantes como los hechos. Detener a un exfuncionario no es sólo castigo, es advertencia. Y más si en su momento era intocable.
Por ahora, todo queda en preguntas sin respuesta.
Pero en este país, el tiempo responde… aunque a veces lo haga con el puño cerrado.
Y cuidado, porque en estas vendettas con diplomáticos de por medio, la política se vuelve lo que realmente es: un deporte sangriento.