El PAN, ese partido que con orgullo decía que se había transformado de una tienda de abarrotes a un supermercado, que por lo tanto tenía que prepararse para atender a su clientela, perdió al último político popular, de barrio, que se identificaba con el pueblo: Casimiro Navarro Valenzuela.
A este reportero le tocó conocer de primera mano algunas anécdotas de Casimiro, que conquistó la presidencia municipal de Hermosillo por factores políticos de la época (entonces se decía que fue apoyado por Alicia Arellano Tapia, madre de Claudia Pavlovich, para molestar al gobernador Samuel Ocaña García), pero también por apoyo popular, como las famosas “Leonas”, un grupo de bravas mujeres que acuerpaban y protegían al “Cachorro” con garras y dientes.
Pero sobre todo por el hermosillense de a pie que se identificaba plenamente con el nuevo valor de la política de los años 80 del siglo pasado. Sí, era el famoso Casimiro, el ingeniero, el profesionista de la familia, que fue visto cargando grandes bloques de hielo en cada mano, colgados de pinzas de hierro. La venta de hielo era el negocio familiar en el barrio El Ranchito.
Casimiro falleció el martes a los 73 años de edad. Fue el segundo presidente municipal panista de Hermosillo, en el período 1982-85. En su administración se registraron algunos episodios que tenían dedicatoria del palacio vecino, como una huelga de empleados del servicio de recolección de basura, que Casimiro enfrentó a su estilo: Se arremangó las mangas de camisa y se puso a descargar tambos de basura, de los grandes, de 200 litros de capacidad. Entonces le pregunté si la acción realmente la sentía o era una pose de político. Contestó que se identificaba plenamente con los trabajadores, que era uno de ellos, y que podía vivir con un salario mínimo.
Entonces, la capital de Sonora era un desastre por las lluvias que llenó de baches las calles de Hermosillo, una “ciudad greñuda” como la calificó Samuel Ocaña. Alguna vez me comentó que al caer en uno de esos hoyancos, había mascullado: Pinchi Casimiro. Era el alcalde que vivía con su familia en una colonia popular, de calles de terracería, sin pavimentar.
Pero lo que llamó la atención nacional, que incluso fue publicado por la revista Contenido, fue cuando alguien disparó con un rifle de alto poder hacia su oficina. La bala atravesó los cristales y se incrustó en el sillón donde se sentaba el alcalde. El mensaje fue tétrico. Había roces entre palacio y la policía municipal. Por eso había rumores de que un agente había sido el tirador. El suscrito, con información de una fuente confiable, publicó el nombre del jefe policiaco sospechoso de ser el autor del disparo. Inmediatamente fui abordado por “el estado mayor” de ese jefe y recibí amenazas disfrazadas con palabras suaves, de esas que dan miedo. Eran integrantes del famoso Departamento de Investigaciones, conocido por su efectividad y peligrosidad. Era nuestra Dirección Federal de Seguridad en chiquito. Ese jefe fue nombrado posteriormente como Sub Director de la Policía Municipal. Al tiempo, ambos, reportero y policía, platicábamos entre sonrisas ese episodio. Hace poco ese policía murió. Siempre negó ser el autor de ese disparo.
Otra historia que pintaba de cuerpo entero a Casimiro fue cuando se lió a golpes con un agente policiaco de ese Departamento de Investigaciones y a puño limpio lo metió a una patrulla.
Así era Casimiro, el tipo fuerte de la política, el alcalde que negociaba con los hombres ricos de Hermosillo, al mismo tiempo que sometía a golpes a policías indisciplinados. Fue el último panista que sabía lo que costaba ganarse un voto en la banqueta, no en la sobremesa. El último que sudó campaña callejera, no cena de elite. Con él murió el PAN que hablaba con la gente y no solo de la gente
De la taquería al restaurante gourmet: el PAN que dejó la banqueta
El Partido Acción Nacional nació con una narrativa clara: representar a una clase media trabajadora, conservadora en lo social, pero profundamente desconfiada del poder centralista y del despilfarro oficial. Durante décadas construyó su identidad desde la oposición, como un partido de ciudadanos, de banqueta, de principios inamovibles y cercanía con las causas del ciudadano común.
Pero algo cambió.
Hoy, el PAN se parece más a una taquería de barrio que, tras años de fama por sus tacos sencillos y bien servidos, decidió reinventarse como restaurante gourmet. Conserva el nombre, los tacos siguen en el menú, pero ahora vienen con nombres en inglés, servidos en platos minimalistas y acompañados con “espuma de frijol orgánico”. Los precios se dispararon. La salsa ya no pica. Y los comensales ya no son los mismos: donde antes estaban empleados, amas de casa, estudiantes o pequeños comerciantes, hoy predominan empresarios, consultores y figuras públicas que jamás hicieron fila en la esquina.
El PAN perdió, en gran medida, la conexión con su base. La misma clase media que decía representar se siente huérfana. Mientras tanto, el partido se replegó a una zona de confort ideológico y electoral donde el pragmatismo manda, aunque eso signifique aliarse con figuras y causas que hace apenas unos años habrían sido impensables.
Su lenguaje se volvió tecnocrático, sus liderazgos más interesados en encabezar bloques legislativos que en formar cuadros ciudadanos, y sus banderas parecen cada vez más dictadas desde las cúpulas económicas que desde las calles. En vez de adaptarse al cambio con firmeza en sus principios, el PAN decidió competir en el mismo terreno que siempre criticó.
Como esa taquería de barrio que quiso volverse exclusiva, el PAN aún no se da cuenta que, en el intento por agradar a las élites, ha dejado de hablarle al grueso de su clientela original. Y el problema no es solo de imagen: es de esencia.