Decía Borges que no nos unía el amor, sino el espanto. Y el estallido del mundo comercial global que conocimos en los últimos 40 años, que ejecutó ayer Donald Trump, era, es, para espantarse. Pero de ese estallido, cuyas consecuencias últimas aún no conocemos, hemos salido lastimados, pero relativamente enteros.
No es para celebrar, pero sí para reconocer: la estrategia seguida por el gobierno federal en la relación con Donald Trump ha sido acertada y se evitaron, en lo inmediato, los mayores daños que podrían haber ocasionado las políticas de aranceles recíprocos que anunció ayer la Casa Blanca. Incluso en el nuevo mundo comercial que quedó establecido ayer, con rupturas reales con aliados tradicionales de la Unión Americana, tan importantes como la Unión Europea, Canadá (con situaciones de coyuntura, electorales, muy particulares), Japón y Corea del Sur, México quedó en una situación favorable, lo mismo que Australia y Gran Bretaña, países que han seguido políticas muy similares a las nuestras.
Es consecuencia de un buen trabajo de equipo de la cancillería, de Economía, de Seguridad y de una presidenta Sheinbaum que no se dejó llevar por las corrientes radicales de su movimiento que pedían una ruptura con Estados Unidos y hasta una incorporación a los BRIC, uno de los mayores errores que se podrían haber cometido. A eso se deben sumar las propuestas del Plan México, ampliado ayer con mayores detalles, que tiene varios puntos que pueden ser positivos, aunque habrá que ver aún cómo se implementa, porque en todo esto, para tener un crecimiento del mercado interno de consideración, se necesita, inevitablemente, de fuertes inversiones privadas que deben tener un entorno político, legal y judicial favorable.
Hay que ser conscientes también de que las decisiones arancelarias respecto a México no están determinadas por temas estrictamente comerciales (nuestros aranceles respecto a Estados Unidos y Canadá son de cero), sino que han sido tomadas como parte de consideraciones de seguridad incluidas en la Ley de poderes económicos para emergencias internacionales, los llamados IEEPA, que en este caso están relacionados con las medidas adoptadas contra el tráfico de fentanilo y la migración.
No son temas menores. En la reciente evaluación de riesgos de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, los cárteles del narcotráfico mexicano están en el primer lugar, por encima de ISIS y de los remanentes de Al-Qaeda. Lo cierto es que, en ese ámbito, se están haciendo muy bien las cosas y hay avances reales, aunque es verdad que, como dijo Kristi Noem, la secretaria del Homeland Security, en su reciente visita a Palacio Nacional, aún hay mucho por hacer y existen temas que se deben atender y que serán muy complejos, desde romper con quienes protegen políticamente a esas organizaciones, hasta capítulos aduaneros, de identificación y tráfico de personas y de ciberseguridad que deben ser atendidos.
Por lo pronto, en el ámbito comercial se ha preservado el T-MEC, que es la piedra angular del desarrollo del país, que inevitablemente está inscripto en su pertenencia a América del Norte. Pero también hay puntos que deben ser atendidos. En el informe anual de estimaciones a las barreras de comercio exterior 2025, del Departamento de Comercio de Estados Unidos, se establecen como obstáculos que deben ser superados muchos capítulos, entre ellos, la interpretación diferenciada de distintas regulaciones del propio tratado; los retrasos en permisos sanitarios para medicinas; el otorgamiento de distintos permisos para inversionistas extranjeros; los temas agroalimentarios, como los del glifosato y los productos genéticamente transformados, que son decisiones adoptadas sin tomar en consideración base científica alguna (y ni siquiera del verdadero interés nacional y social); las limitaciones de mercado, cerrados o limitados a la venta de productos de alta tecnología; la piratería y el contrabando; la obstrucción a las inversiones en energía en la CFE y Pemex; las limitaciones impuestas en la nueva ley de minería y en ciertas áreas de infraestructura; la desaparición de órganos autónomos o la incertidumbre provocada por la reforma judicial.
Todos esos son temas que impuso López Obrador, algunos refrendados por la actual administración, que violan o lastiman las normas del T-MEC y la relación con Estados Unidos y que más temprano que tarde tendrán que ser revisados, sobre todo si se abre, como sería deseable, la renegociación del tratado comercial, que luego de la elección canadiense de fines de abril tendría que ser inminente, aunque en la administración Trump prefieren los acuerdos bilaterales a los regionales.
Hay mucho por hacer, mucho por corregir y herencias dejadas por la pasada administración que se deben amortizar (la política de abrazos y no balazos y la reforma judicial son, quizá, las más costosas), pero en varios temas se está trabajando bien y con una visión alejada de maniqueísmos y ceguera ideológica.
No es poca cosa, y la experiencia debería servir para confirmar que, en las tareas de gobierno, cuanto más se aleje la administración Sheinbaum del radicalismo, mayores serán los réditos que podrá lograr.