Ningún gran líder de la historia mundial ha podido gobernar y sacar adelante sus objetivos sin el respaldo de un asesor de todas sus confianzas.
Alguien que lo aconseje, se adelante para retirar obstáculos en su camino, le avise si enfrenta riesgos, negocie con sus rivales, amarre los apoyos que requiere, lo salve de cometer equivocaciones, absorba como pararrayos los fogonazos políticos y hasta le recuerde que un día dejará de tener poder. En esta columna le he hablado del papel que jugó Frederick Lindemann al lado de Winston Churchill. Hoy vale la pena recordarlo.
Se ha escrito mucho sobre los logros de Churchill, estadista que pasó a la historia por sus agallas, sus principios y su cálculo estratégico. Pero pocas veces se dice que Lindemann, físico de origen alemán, siempre estuvo al lado del primer ministro y héroe de la Segunda Guerra Mundial, aconsejándolo de maneras que resultaron clave en su toma de decisiones.
Churchill y Lindemann se conocieron por casualidad en los años 20, en un partido de tenis. Aquél quedó impresionado por la capacidad de éste de explicar con sencillez temas científicos complejos. Desarrollaron una amistad que se prolongó por casi cuatro décadas. Durante ese lapso, tuvieron una intensa correspondencia. Lindemann fue designado por Churchill cabeza del S-Branch, un cuerpo de asesores que proveyó al gobierno británico de datos sucintos durante la guerra, para ayudar a tomar decisiones sin demora, basados en información precisa.
La confianza de Churchill en su asesor y amigo tampoco era infinita. Cuando el primer ministro dudó que Lindemann tenía razón en su convicción de que los nazis no poseían el misil balístico V2, tomó sus propias decisiones –y al final tuvo razón–, pero aquello fue la excepción y no la norma.
Churchill y Lindemann eran muy distintos en sus gustos. El asesor era abstemio, vegetariano y no fumador. El primer ministro era todo lo contrario. Aun así, sus mentes lograron conectarse y juntos formaron un equipo que logró hacer historia.
Todo político que aspire a la grandeza necesita de consejos y de quien lo refrene en sus impulsos. Él es responsable último de la toma de decisiones, sí, pero realiza mejor su labor si tiene quien lo asesore de forma crítica y no sólo colaboradores que sólo le den por su lado o no le avisen cuando está equivocándose.
Acontecimientos recientes indican que la presidenta Claudia Sheinbaum no tiene a su lado a alguien de esas características. Eso se desprende, por ejemplo, de los problemas que ha enfrentado al presentar iniciativas al Congreso o en negociaciones con los maestros agremiados. Un buen operador político se habría adelantado para evitarle o reducirle los costos políticos.
Eso no significa que Sheinbaum no tiene buenos instintos. De hecho, los ha mostrado en las conversaciones con su homólogo Donald Trump. Pero todo tiene sus límites y un presidente no puede depender de ellos todo el tiempo.
Está visto que Sheinbaum no puede encontrar ese respaldo ni en su gabinete ni en los liderazgos en el Congreso, porque la mayoría de los personajes en esos ámbitos no llegaron a sus cargos por decisión suya, sino por la de su predecesor.
La Presidenta necesita un asesor propio, alguien de toda su confianza, con talento, discreción, fuerza y mano izquierda, que conozca los recovecos del poder. Alguien fuera del círculo de influencia de Andrés Manuel López Obrador.
BUSCAPIÉS
*Al observar el periplo europeo del senador Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Cámara alta, no pude dejar de pensar en Henri Christophe, el rey de Haití, retratado magistralmente por Alejo Carpentier en su novela El reino de este mundo (1949). Cualquier ínfula de rebelión se le deslava cuando vuela en clase ejecutiva y termina apantallado con los encantos de la vieja Europa. Como en la corte del malogrado monarca tropical, no se quita el abrigo en interiores. Ignorante de los procedimientos en reuniones internacionales, quiere parecer habituado al codeo con sus protagonistas, pero confunde los nombres de sus inesperados interlocutores, como le sucedió con Greg Fergus, presidente de la Cámara de los Comunes del Parlamento canadiense, a quien tres veces llamó “Peter”.