Al acercarse a la Ciudad de México, al encargado de negocios de Su Majestad, Henry George Ward, lo embargó la desilusión. Donde había estado el lago de Texcoco corría ya una extensión de tierra árida, cubierta con una capa de carbonato de sosa. Un ambiente de esterilidad cubría el paisaje desde Teotihuacán hasta la Villa de Guadalupe.

Ward se sintió engañado. Nada de lo que estaba ahí correspondía con el paisaje de belleza insólita que pocos años antes Alexander Von Humboldt había descrito en su célebre Ensayo Político.

El encargado de negocios de Inglaterra recorrió la actual Calzada de los Misterios, tendida sobre la antigua calzada mexica. Notó que los alrededores de aquel camino que conducía a la Alameda lucían enteramente sombríos y desolados. Muy pronto supo que la población que habitaba aquellos andurriales habían perecido “por un mal endémico”.

Desde 1822 había avisos en la Ciudad de México de un serio brote de sarampión. Para 1825, la epidemia asolaba las principales ciudades de la joven república: México, Puebla, Guadalajara, San Luis Potosí, Querétaro, Veracruz.

A la epidemia se habían sumado los grandes males del país: la miseria que habían dejado en grandes sectores de la población los once años de la guerra de Independencia, el cierre de hospitales e instituciones religiosas que a lo largo del virreinato se habían echado a cuestas –es un decir– el combate de las grandes y terribles epidemias que desde 1520 diezmaban cíclicamente a la nación, la turbulencia política que había llevado a su fin el imperio de Agustín de Iturbide y prolongaba la quiebra del erario.

En el primer Congreso Mexicano, celebrado en 1822, se había decretado que cada 16 de septiembre sería en lo sucesivo una festividad nacional que habría de celebrarse con salvas de artillería y una misa de acción de gracias a la que debía acudir el gobierno entero.

En 1825, durante la administración de Guadalupe Victoria, iba a cumplirse por primera vez aquel decreto. Se había nombrado una Junta Cívica Patriótica, encargada de organizar el festejo. Desde luego, se había contemplado una misa en la Catedral, así como la celebración de un baile. Pero el acto mayor sería aquel en el que un grupo de esclavos serían llevados a un tablado construido frente al Palacio Nacional, en donde Guadalupe Victoria decretaría su libertad: “Esclavos, en este día se celebra el aniversario de la libertad. Recibidla en nombre de la Patria y acordaos que sois libres por ella…”.

Nada iba a ser fácil para la recién nacida república: cayó de pronto el sarampión y solo en la Ciudad de México, según algunos registros, comenzaron a morir unas 100 personas cada día: niños menores de cinco años en su mayoría.

Como no había dinero para nada, como siempre pagaron los más necesitados, obligados a soportar la enfermedad sin atención médica, encerrados en casas que carecían de lo más mínimo en cuestiones de salubridad.

En lugar de organizar con el esplendor que se había pensado la celebración de la Independencia, la Junta Cívica Patriótica organizó una colecta para socorrer a los enfermos.

Muchos ricos comerciantes españoles habían dejado el país. Aquel fue un año del demonio. La capacidad de los pocos hospitales que seguían abiertos –se mandó abrir de nueva cuenta el Hospital de San Juan de Dios- no bastaba para auxiliar a los contagiados. La epidemia “arrancaba de los brazos maternos un crecido número de tiernos infantes y no pocos jóvenes que hacían la esperanza de sus padres y del Estado”.

Los contados diarios existentes daban cuenta día por día de los avances del mal e indicaban los sitios en donde podían atenderse los enfermos. Pero la gente moría por millares en el centro y el occidente del país. Médicos eminentes publicaban folletos en los que recomendaban que las habitaciones fueran fumigadas, ya que la enfermedad se transmitía al hablar, toser o estornudar.

En Guadalajara se instalaron cocinas públicas donde se repartían caldos, sopas y atoles. En esa ciudad, la enfermedad mató a más de 1,200 personas. Según un estudio histórico realizado en las parroquias por Juan Luis Argumaniz, más de mil de esos muertos eran niños de entre 0 y 5 años.

La primera celebración de la Independencia no tuvo el brillo esperado. En señal de luto nacional, se canceló el gran baile. Gran parte del dinero recolectado se fue en la ayuda para los enfermos. México entró en la historia con el pie izquierdo.

Dos siglos más tarde, el sarampión se dispara en España y ha dejado su primera víctima en Texas, en donde se ha registrado el mayor número de contagios en los últimos 30 años, y en donde se ha reportado ya la primera muerte de un niño no vacunado.

Es el saldo hasta hoy del mundo antivacunas, que quiere abrir la puerta que nos lleve de regreso a 1825.

Héctor de Mauleón

Héctor de Mauleón es escritor y periodista, fundador de los suplementos culturales Posdata y Confabulario, además de ex subdirector de Nexos. Con un estilo incisivo, se ha consolidado como uno de los columnistas más influyentes de México.

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