Gastar en toallas femeninas

El gobierno de la morenista Delfina Gómez en el Estado de México destinará 20 millones de pesos a la compra de 821 mil paquetes de toallas sanitarias para menores de edad que viven en condiciones de pobreza.

¿Y a santo de qué viene ese tema en una columna política? Es más importante de lo que se aprecia a simple vista.

Ahora que la demagogia abruma y la polarización ruge, queda poco espacio para ver los destellos de sentido común que se traducen en hechos que se logran con algo de concordia.

El uso de toallas femeninas eleva la autoestima de una niña y en cierto modo le cambia la vida. Puede caminar segura sin avergonzarse de su cuerpo.

El programa tiene el apoyo de los legisladores del PRI y el PAN, y nos recuerda todo lo que se puede hacer cuando dejamos de vernos como enemigos.

Hace varios años, el entonces secretario de Educación Pública, Miguel Limón, lanzó un programa para entregar lentes a todos los niños de escuelas del gobierno que los necesitaran.

Todos a donar anteojos, personas físicas y empresas. Bellísimo programa.

Unos lentes y unas toallas femeninas no hacen una revolución, pero tal vez sean más útiles.

No es filantropía fifí, sino ayuda entre miembros de quienes se reconocen como parte de una misma comunidad.

Que un niño pueda leer un libro y lo disfrute, seguramente lo hará más feliz o mejor ciudadano que el que sufre con un libro porque su vista no le da. El recuerdo que tendrá de El Quijote será horroroso.

Lo mismo sucede con las toallas femeninas y la diferencia que puede haber para una adolescente entre usar unas de buena calidad o un puño de papel de baño o un trapo.

¿Eso es trivial? Claro que no. Una niña puede llegar a odiar su género femenino por el martirio menstrual, o llevarlo con despreocupada naturalidad.

Hubo otro programa (no recuerdo si fue en México) que se llamó algo así como Sonrisa de Mujer. El colegio de odontólogos organizó un mes de atención gratuita, un día a la semana, a mujeres de escasos recursos para arreglar sus dientes.

Los notarios, si no me equivoco, hicieron jornadas de escrituración sin costo para quienes no tenían recursos con qué para pagar la legalización de sus predios.

Son acciones aparentemente pequeñas, pero que le cambian la vida a una persona. A miles.

Eso se puede hacer cuando lo que se promueve es la solidaridad social, la armonía, y no el odio.

¿No es mejor así?

En el caso de las toallas sanitarias en el Estado de México, se entregarán –o se entregan– físicamente, y no se reparten los 20 millones de pesos a los padres de las niñas, que con ese dinero en la mano podrían comprar otra cosa.

Quien dio la información de la compra de toallas femeninas por parte del gobierno de Delfina Gómez fue una diputada del PAN, Krasopani Schemelensky. Es decir, se puede convivir y en algunos temas coincidir en favor del bien común.

Además, se pueden hacer las cosas bien, como en este caso. La primera compra es por un monto de 19 millones 325 mil pesos a la empresa que ganó el concurso. No hay dedazo.

Son 8 millones 211 mil toallas “marca Saba, desechables, con cubierta suave, súper absorbentes, barreras antiescurrimiento, diseño con canales de rápida absorción y distribución de flujo, anatómica, flujo abundante, con alas que se adhieren a la ropa interior”. Esto es, de buena calidad.

Brevemente: iniciativas como la de Delfina Gómez y las diputadas de PAN y PRI nos recuerdan que podemos hacernos la vida más amable, sin renunciar a nuestras diferencias, cuando no se promueve el odio.

Como dice la canción del hijo de Ángeles y de Josep, “sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios”, y no los hijos de Porfirio Díaz o de Santa Anna o del Adversario.

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