El fantasma de la Casa Rosada

Buenos Aires.- Al caminar por los salones de la Casa Rosada, subir escaleras o dar la vuelta en sus patios pequeños, uno puede escuchar el eco de sus pasos en esta mansión que parece un museo abandonado, con paredes desnudas y sin un alma que induzca a pensar que por aquí pasó la historia turbulenta de la República Argentina.

Lo que uno piensa, al verse solo y sin ruidos, es que los ocupantes se han ido y rindieron la plaza. Es sólo una impresión, tal vez equivocada.

En la entrada de honor camino por la alfombra roja de un salón con los bustos en mármol de los expresidentes de la nación, que remata con dos rostros embellecidos más de la cuenta por el artista, justo para entrar a los patios y a las escaleras que conducen al segundo piso: Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón.

Al subir por la escalera Italia se llega al Salón Blanco, presidido por un lagrimal inmenso que iluminaba este lugar, favorito de los militares que gobernaron Argentina en la época de las dictaduras, desde donde el general Leopoldo Fortunato Galtieri anunció que sus tropas habían recuperado para la Argentina el territorio y el gobierno de las islas Malvinas.

De ahí se entra al Salón Norte, donde se realizan las reuniones de gabinete, y detrás de la silla vacía en la cabecera de la mesa hay una puerta que conduce al despacho presidencial. Adentro debe haber alguna secretaria o un ayudante, porque el presidente ahí está, sólo que le han pedido que no aparezca delante de la gente ni hable con nadie, para no entorpecer la candidatura oficialista. Alberto Fernández es un fantasma dentro de su propia casa.

Se cruza hacia el otro punto cardinal de la Casa Rosada por un largo pasillo-salón que tiene las paredes desnudas. Ahí estuvieron los retratos de los ídolos populares de este país: una pintura de Mafalda, Diego Maradona, Carlos Gardel, Leo Messi, el Gauchito Gil … Todos se fueron. Los quitaron por órdenes del entonces presidente Mauricio Macri.

El salón al que a continuación se llega, como todos, está vacío. Pero en sus paredes hay huellas de la grandeza que alguna vez tuvo esta nación. Ahí están las fotografías de sus científicos ilustres. René Favaloro, inventor del by pass. El endocrinólogo Bernard Houssay, premio nobel de fisiología y medicina. César Milstein, microbiólogo, también premio nobel de medicina. Luis Federico Leloir, premio nobel de química. Salvador Mazza, que estudió el mal de Chagas (enfermedad provocada por un parásito transmitido por chinches) y murió en México.

Después, el Salón Eva Perón. Y junto está el balcón desde el cual consolidó su leyenda y firmó su entrada en la historia, no sólo de Argentina. Abro el ventanal, salgo al balcón y paseo la mano sobre el barandal de mármol donde ella puso las suyas y miró a la multitud de trabajadores agrupados en la CGT que colmaron la Plaza de Mayo, un 22 de agosto de 1951, y les anunció que su esposo iría por la reelección: “Perón seguirá dirigiendo los destinos de la patria”.

No hubo júbilo, sino una exigencia atronadora: “¡Con Evita!” “¡Con Evita!” “¡Con Evita!”. Ella pidió dos horas para pensar la decisión de lanzar su candidatura a la Vicepresidencia. Nadie se movió de la plaza. Y regresó al balcón envuelta en el mito que hasta hoy perdura: “Compañeros, como dijo el general Perón, yo haré lo que el pueblo mande”.

Nueve días después, “el pueblo” –es decir su marido– había cambiado de idea y Eva Perón anunció en un comunicado su decisión irrevocable de no ser candidata a vicepresidenta en fórmula con el general. Ahí se abrió la grieta que en las décadas posteriores diluiría al peronismo en facciones, grupos de interés, malandrines, represores, progresistas, luchadores honestos por la justicia social y la dignidad humana.

Los mantiene en pie la poderosa iconografía creada por el populismo. En una pared de la Sala Eva Perón de esta casa abandonada hay una foto histórica que es la mejor obra de los fabricantes de mitos. Se llama La Renunciación. Un truco del lenguaje para identificar el momento de la renuncia de Evita con la santidad que encierra La Anunciación, de Fra Angélico.

Ahí está ella, de negro, con el rostro hundido en el ancho hombro del general, y descansa sus finos dedos abatidos en el omóplato del padre de la mitad de los argentinos.

Bajo por la escalera Francia y cruzo el Patio de Las Palmeras, donde Cristina Kirchner reunía a la militancia joven, a la que organizó en La Cámpora. Llego al ala donde se encuentra el Ministerio del Interior, a cargo del que fue favorito de Cristina para la candidatura presidencial, Wado de Pedro. Un político discreto, tartamudo desde que, cuando niño, vio a los militares entrar a su casa y fusilar a su madre.

Al tocar una puerta de vidrio biselado sale un joven pálido, con la camisa desfajada que saluda con la sencillez y cordialidad de casi todos los argentinos. Es Marcos Schiavi, doctor en Filosofía, jefe de la Dirección Nacional Electoral, que dará a conocer el resultado de las elecciones la noche del domingo de la próxima semana.

-Si te equivocas vas a incendiar a este país –le digo.

– No tiene por qué. Hay mil 800 receptores de resultados de casillas. Hacemos la sumatoria, se da a conocer el resultado preliminar que después pasa a los 24 jueces electorales, uno por cada provincia.

-Milei ha insinuado que harás fraude porque eres de La Cámpora.

-Que presenten pruebas. Son afirmaciones sin sustento, y no ha habido ninguna impugnación.

-¿Cómo concilias tu militancia, tu trabajo en el gobierno, y ser la autoridad electoral?

-Mi deber es cuidar la democracia En eso hay consenso en todas las fuerzas políticas.

-¿En todas? ¿Seguro?

-Sí. En todas.

Otra vez en los patios, rumbo a la calle me cruzo con una persona casi espectral que saluda en voz baja y sigue su camino como si anduviera con pantuflas para no despertar a algún demonio.

Sólo se oye el tenue borboteo de una fuente lejana que parece decirnos que bajo esa mole semiabandonada y silenciosa, todavía late el corazón de un gran país.

Más del autor

Es noticia ahora