Xóchitl, desinflada

La última encuesta rumbo a la Presidencia provocó lo esperado, una polarización acompañada de loas y descalificaciones. La encuesta la realizó la empresa Buendía&Márquez y fue publicada este miércoles por El Universal, donde Claudia Sheinbaum, de Morena, aventaja por 30 puntos a Xóchitl Gálvez, del Frente Amplio. “Engañaron a Xóchitl cuando le dijeron que era competitiva”, escribió en redes Federico Arreola, que es parte del cuarto de guerra de Sheinbaum y que disemina propaganda y ataca a quienes critiquen a su patrona. “De risa”, reaccionó Gálvez, aduciendo que es muy temprano para declarar ganadora a cualquiera.

Tiene razón, pero debería preocuparse. Ninguna encuesta pronostica o adelanta ganadores en una contienda electoral, pero detrás de la posición de Gálvez está lo que otros miembros del Frente Amplio, que también reaccionaron en las redes, sugieren como una estrategia de Morena: ir creando la percepción de que la elección presidencial está resuelta, para provocar desánimo, alejar simpatizantes e inhibir el voto. La burra no era arisca. Fue la estrategia que siguió la campaña de Delfina Gómez en el Estado de México, cuyo equipo compró todas las encuestas que pudo, serias, de farsantes y mercenarios, para publicar aquellas que le beneficiaban y manipular a la opinión pública.

Pero trasladar esa experiencia a la encuesta de Buendía&Márquez funciona como una táctica para neutralizar el daño momentáneo, aunque soslaya lo que sucedió en el Estado de México, porque Gómez no ganó la gubernatura por esa razón, lo que no significa que no le ayudó, sino porque ni el PAN ni el PRD cumplieron con la cuota de votos que ofrecieron al Frente, que, de haberse dado, la historia mexiquense quizás habría tenido otro desenlace.

La generalización y simplificación para desestimar la encuesta no debería llevarlos a descuidar la información que contiene.

En el capítulo del reconocimiento se aprecian los 24 puntos de crecimiento de Sheinbaum de mayo de 2021 a septiembre pasado, al brincar de 44 por ciento de conocimiento nacional, a 68 por ciento. Gálvez, que irrumpió en la contienda presidencial en junio, brincó de 29 a 43 por ciento por ciento en reconocimiento, y cuatro más en septiembre, lo que da un total de 18, que refleja que su crecimiento ha tenido un ritmo más veloz que el de Sheinbaum.

Los porcentajes de agosto y septiembre las muestran estancadas –faltan más mediciones para comprobar si esto es efímero o marca un patrón–, lo que se entendería en Sheinbaum, que en su larga precampaña haya alcanzado su techo, pero no en Gálvez, cuyo potencial de crecimiento debería ser superior. A esta observación hay que añadir la opinión sobre cada una de ellas.

En el balance entre positivos y negativos, Sheinbaum culmina septiembre con +39, mientras que Gálvez cierra con -2. No extraña que, como apareció en el estudio, 42 por ciento respondiera que nunca votaría por la senadora, contra sólo 12 por ciento que no lo haría por la exjefa de Gobierno de la Ciudad de México.

Hay un factor externo poderoso en los altos negativos de Gálvez, atribuible al presidente Andrés Manuel López Obrador, que la estuvo fustigando sistemáticamente en la mañanera, hasta que el Instituto Nacional Electoral lo detuvo, porque estaba afectando la equidad de la competencia electoral. La consecuencia fue la advertida por muchos: al desaparecer de la narrativa presidencial, el eficaz ejercicio de ping-pong de la senadora y sus ocurrentes reflejos se evaporarían proporcionalmente.

Lo que esto permite interpretar es que el equipaje político de Gálvez es ligero para la competencia presidencial, y que no ha sido capaz de encontrar un discurso que le permita seguir avanzando, y que evolucione de los chistoretes y las obscenidades, en lugar de quedarse semiparalizada, que es lo que parece por la falta de una estrategia que la conduzca a la segunda fase de la muy adelantada precampaña, y que tiene que ver con sustancia y densidad. Se desconoce quién está diseñando su estrategia, pero el responsable, si es que hay alguien que lo haga en su equipo, se está equivocando.

Gálvez ha realizado giras que no tienen sentido, como las de Tabasco y Baja California, donde el Frente no tiene posibilidades de ganar, desperdiciando energía y recursos en plazas donde no importa lo que haga, no le dará la vuelta a las preferencias del electorado, volcadas por Morena. En cambio, ha descuidado la Ciudad de México, donde hay un fuerte lopezobradorismo que no está atendiendo, repitiendo el error histórico de Carlos Castillo Peraza, que contendió por el PAN en la Ciudad de México en 1997 y abandonó a las clientelas del partido en busca de nuevos electores, asumiendo que el voto azul era seguro, lo que resultó falso.

La senadora ha cometido otros dos errores importantes. Uno es el discurso, donde en el agrupamiento de ideas ha dejado la impresión de criticar a varios de sus aliados en el Frente, lo que ha generado una especie de brazos caídos, que transmite la idea de que los partidos de la coalición, incluido el suyo, el PAN, la dejaron sola en la contienda. El otro es que ha privilegiado algunas giras en lugar de aceptar invitaciones en medios electrónicos, cuando la campaña que tiene que hacer, por razones de tiempo, no es de tierra sino de aire, donde su viabilidad y proyección y mayor reconocimiento se daría a través de radio y televisión.

Si volteara a ver lo que está haciendo Hugo López-Gatell, aspirante a la candidatura de Morena al gobierno de la Ciudad de México, entendería de qué se trata. López-Gatell está acudiendo a todas las entrevistas posibles en medios electrónicos, incluidos aquellos que fueron muy críticos de su gestión durante la pandemia de covid-19, para neutralizar los negativos que arrastra y que sus planteamientos ofrezcan contraste con sus adversarios.

Ni Gálvez ni quienes están cerca de ella están atacando las causas de su estancamiento y la falta de vapor en su locomotora, lo que se irá profundizando en la percepción y convirtiéndose en realidad, de no actuar con mayor profesionalismo y ser la digna opositora que levantó tanta expectativa apenas hace unas semanas.

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