Sheinbaum y García Harfuch: entre la lealtad y el pragmatismo

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Salvador García Soto

Cuando la realidad apremia, el pragmatismo se impone a veces a las convicciones. Algo así es lo que decidió Claudia Sheinbaum en el momento de pedirle a Omar García Harfuch que se apuntara como aspirante de Morena a la candidatura a jefe de Gobierno de la CDMX. Fue la primera decisión con la que la doctora estrenó su “bastón de mando” y la tomó desde el pasado 9 de septiembre, apenas dos días después de que había sido declarada ganadora de la contienda interna y al día siguiente de que el presidente López Obrador le cedió, simbólicamente, la jefatura de su movimiento político.

Para habilitar como posible candidato a su exsecretario de Seguridad Ciudadana, un policía de carrera sin experiencia política, Sheinbaum tuvo que tomar antes dos definiciones: la primera, convencer al presidente López Obrador, que siempre vio con recelo y desconfianza a García Harfuch, por sus orígenes policiacos vinculados al periodo de Genaro García Luna en la extinta Agencia Federal de Investigación; y la segunda, enfrentarse a sus amigos “los puros” de Morena que nunca estuvieron de acuerdo en la idea de postular al popular y carismático jefe de la Policía capitalina, al que además le achacan sus orígenes priistas y su no pertenencia al lopezobraodorismo.

Pero en ambos caos, más que las convicciones políticas de la doctora, lo que se impuso fue el más puro pragmatismo. “Sólo Omar nos garantiza reconquistar el voto duro que perdimos en 2021”, llegó a argumentar la exjefa de Gobierno que, aunque nunca quiso aceptar la paternidad de aquella derrota estrepitosa de Morena en los comicios intermedios y prefirió culpar al senador Ricardo Monreal, en el fondo supo muy bien que fueron los errores de su gobierno y su distanciamiento con las informadas y críticas clases medias de la CDMX, los que la llevaron a perder 9 de 16 alcaldías (todo el centro y el poniente de la ciudad) además de la mayoría del Congreso local a manos de la alianza opositora del PRI-PAN y PRD.

La figura de Omar, un junior de la vieja política mexicana, poseedor de un carisma natural y con una historia de superviviente a un ataque mortal del crimen organizado, sedujo desde un principio a Claudia Sheinbaum que encontró en el “superpolicía” a un funcionario que no sólo se ganó su simpatía y su lealtad, a base de resultados en su estrategia de seguridad, sino que también supo hábilmente ganarse la confianza personal y política de la jefa de Gobierno a tal grado que lo integró a su equipo de mayor confianza en el que la mayoría de sus colaboradores eran amigos y amigas que conocía de años atrás.

García Harfuch no conocía a Claudia Sheinbaum ni esta tenía ningún vínculo con el exfuncionario federal. Fue en septiembre de 2019 cuando Julio Scherer Ibarra, entonces poderoso Consejero Jurídico de la Presidencia y ya desde entonces asesor personalísimo de la doctora, le presentó al policía que en ese momento era el director de la Agencia de Investigación Criminal de la Fiscalía General de la República. Sheinbaum estaba harta de los yerros y la pésima gestión de Jesús Orta y ya quería despedir al secretario de Seguridad Ciudadana con el que arrancó su gobierno por recomendación nada menos que de Marcelo Ebrard Casaubon.

Llegó a ser tal el desencuentro y la falta de resultados de Orta Martínez, un académico de escritorio con conocimientos de seguridad, pero con nula experiencia práctica, que la jefa de Gobierno aguantó 10 meses una crisis de seguridad en la que su secretario ni siquiera pudo tener el control de los más de 80 mil elementos de la Policía capitalina. La inseguridad y la falta de una estrategia efectiva se volvieron un dolor de cabeza para Sheinbaum que terminó culpando a Marcelo Ebrard de haberle hecho una “pésima recomendación” en la persona de Jesús, al que terminó pidiéndole la renuncia.

Y es que desde junio de aquel 2019, Omar había sido llevado por Scherer al despacho de la Jefa de Gobierno para que lo conociera y le presentara un proyecto de estrategia para disminuir los delitos de alto impacto en la Ciudad de México que habían comenzado a hacer crisis con balaceras, cuerpos tirados en Insurgentes y la presencia de cárteles de la droga ya no sólo locales, como la Unión-Tepito, la Unión-Insurgentes, el Cártel de Tláhuac y su líder “El Ojos” y la llegada de los grupos de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación que pretendían extender sus operaciones de drogas y otros delitos a la capital del país.

García Harfuch estaba entonces también harto de trabajar con el fiscal Alejandro Gertz Manero, con quien nunca pudo entenderse porque cada vez que daba un golpe y detenía a un jefe de plaza o narcotraficante importante, lejos de reconocérselo, el fiscal se molestaba y le reprochaba: “Así no son las cosas en este gobierno, no nos interesa estar deteniendo objetivos”, le llegó a reclamar Gertz al titular de la AIC por hacer su trabajo. Por eso cuando Scherer le ofreció una entrevista con la gobernante capitalina, con miras a ocupar la Secretaría de Seguridad Ciudadana, Omar no lo pensó dos veces y se aplicó para convencer a la que sería su nueva jefa, también porque para él llegar a la poderosa Secretaría de Seguridad de la CDMX significaba todo un reto y un sueño personal por haber sido el penúltimo cargo público que ocupó su padre, el jalisciense Javier García Paniagua, quien fue secretario de Protección y Vialidad del Distrito Federal entre 1988 y 1991.

En principio, con la recomendación de Scherer, Claudia intentó meter a García Harfuch como su secretario de Seguridad, pero al consultarlo con el presidente López Obrador este se mostró reticente por su pasado vinculado a García Luna. Ante el rechazo presidencial, la jefa de Gobierno mandó a Omar a la Fiscalía General de Justicia de la CDMX, al equipo de la entonces procuradora Ernestina Godoy, donde llegó a dirigir y reordenar a la Policía Ministerial y desde ahí, con su experiencia federal, comenzó a dar golpes, detenciones y a resolver casos mediáticos, lo que le ayudó a que finalmente su nombre fuera aceptado en Palacio Nacional para manejar la seguridad capitalina.

El 4 de octubre de aquel año, Claudia Sheinbaum finalmente pudo despedir a Jesús Orta y nombró al secretario que a la postre se convertiría en uno de sus colaboradores de mayor confianza y a quien, a partir de resultados, le dio todo el poder para manejar no sólo a la Policía de la ciudad y sus 88 mil elementos, además le permitió hacer cambios a la estructura y las funciones de la SSC para que pudiera realizar labores de inteligencia e investigación de delitos y bandas criminales, la especialidad de García Harfuch.

Y con un talento nato para las relaciones públicas y políticas, que heredó de su padre y un carisma mediático que sacó de su madre, el secretario de Seguridad capitalina comenzó a volverse cada vez más notorio, en la medida que aparecía constantemente en los medios, daba entrevistas al por mayor, anunciaba la detención de delincuentes, narcotraficantes y realizaba aparatosos operativos en las zonas más conflictivas de la ciudad siempre a la cabeza de los policías y coordinando las detenciones importantes.

Fue tan rápido su crecimiento mediático y político, que para 2021, en plena época electoral comenzaron a surgir versiones de que Movimiento Ciudadano lo había buscado y se había reunido con Dante Delgado para hablar de una posible candidatura a la Jefatura de Gobierno. Vino entonces la estrepitosa derrota política de Sheinbaum y de Morena en la CDMX en aquellos comicios intermedios y, mientras repartía culpas y escabullía la responsabilidad, la jefa de Gobierno comenzó a mirar a su secretario de Seguridad como un prospecto, primero para que fuera su secretario de Seguridad federal, si ella llegaba a la Presidencia, y después, cuando el pragmatismo la alcanzó, como su candidato a jefe de Gobierno, aún en contra de sus convicciones izquierdistas y a contracorriente de sus amigos, los duros y radicales de Morena.

¿Será entonces que, pragmática y calculadora como se volvió la antigua investigadora de la UNAM y hoy segura candidata presidencial, logrará sacar limpio a su candidato para la ciudad, con el que quiere reconquistar el voto de clases medias que perdió, o será que sus amigos “puros” y “puristas” de Morena se le terminan imponiendo o, en el peor de los casos, se dividen y le hacen una huelga de brazos caídos en la próxima elección capitalina?

NOTAS INDISCRETAS… Ayer, invitado por el coordinador del PRD en la Cámara de Diputados, Luis Cházaro, tuve el honor de participar en el Foro “La libertad de Prensa como Eje de la Democracia Moderna”. En el Salón Verde del Palacio de San Lázaro en una mesa en la que estuvieron las periodistas Lourdes Mendoza, Beatriz Pagés, Maru Campos y Francisco Garfias, reflexionamos sobre los retos y amenazas que enfrenta la prensa crítica y la libertad de prensa en el México actual. Desde la violencia del crimen organizado, que mata y desaparece a periodistas mexicanos, hasta el poder político y los funcionarios de todos los niveles, que se han convertido en la principal fuente de agresiones y asesinatos de comunicadores, con 63 periodistas asesinados en lo que va de este gobierno y 260 víctimas contando los tres últimos sexenios. También se habló de la violencia verbal y los ataques del presidente López Obrador que han derivado no sólo en una campaña de agresión e intimidación a profesionales del periodismo, sino incluso en ataques armados como el de Ciro Gómez Leyva. La conclusión de todos los que participamos en esta reflexión, fue que sin una prensa libre, crítica y que no sea castigada o condicionada por el gobierno federal, que ha vuelto a manejar el presupuesto público de Comunicación de la manera más discrecional y patrimonialista, para favorecer a los medios que hablan bien de su gobierno y castigar a quienes ejercen la crítica del poder, y mientras la violencia contra los periodistas se propague y exacerbe desde la mañanera, la libertad de prensa y el contrapeso que significa la prensa crítica, estarán en peligro junto con la democracia mexicana. Mientras sigan asesinando periodistas y defensores de derechos humanos y activistas en este país, que al gobierno no le importan en lo más mínimo porque no resuelve sus asesinatos ni castiga a los homicidas, y mientras desde el poder se descalifique a la prensa por pensar distinto y no apegarse a la línea de este gobierno, la amenaza del autoritarismo seguirá avanzando igual que el presidencialismo más omnímodo y antidemocrático… Los dados mandan Escalera. Segundo tiro bueno de la semana.

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