Se la deben a Aburto

La rebaja de la condena a Mario Aburto para dejarlo en libertad en marzo próximo salda una deuda que tienen con él los beneficiados por el crimen que cometió contra Luis Donaldo Colosio Murrieta.

Con su muerte hubo ganadores y perdedores.

La bala que mató al candidato presidencial del PRI provocó un vuelco de la mayor trascendencia en la ruta que llevaba el país.

Haya sido un lumpen fanatizado por su ansia de fama a cualquier precio (síndrome de Eróstrato), un aventurero reclutado por el narco, o lo que se quiera especular, lo concreto es que Aburto acabó con un equipo político brillante y llevó a México a una profunda crisis económica.

No es de extrañar que, como ha señalado Raymundo Riva Palacio en estas páginas, el gobierno se apreste a procesar judicialmente a quienes, según Aburto, habrían ordenado torturarlo.

¿Lo torturaron?

¿Cómo supo Aburto quiénes habrían ordenado torturarlo?

Es cuando menos curioso que se busque ahora “hacerle justicia” a Mario Aburto por una supuesta tortura que sólo él sostiene –sin negar que mató a Colosio–.

Con la muerte de Colosio se acabó el proyecto modernizador con aliento social.

El presidente Carlos Salinas no tenía plan B. Ernesto Zedillo no estuvo en la baraja de posibles sucesores ni era el favorito de Colosio.

Colosio le pidió al presidente a Carlos Rojas como coordinador de campaña, y Salinas le dijo que lo necesitaba en Sedesol (cargo que ocupaba Luis Donaldo), para no dejar suelto su programa estrella: Solidaridad.

Fue así como llegó Zedillo a la coordinación de la campaña, a quien Salinas había sacado de la Secretaría de Programación y Presupuesto, que desapareció para fundirse en una super Secretaría de Hacienda bajo el mando de Pedro Aspe.

Ernesto Zedillo fue enviado a la Secretaría de Educación Pública, donde desempeñó un gran papel.

(Esa misma secretaría, poco más tarde, el presidente Zedillo se la ofreció a Roberto Madrazo a cambio de renunciar a la gubernatura de Tabasco, como lo solicitaba López Orador. El desenlace es conocido por todos).

Con la muerte de Colosio y la llegada de Zedillo se fracturó el equipo. Y qué equipo.

Ahí estaban personas de una inteligencia privilegiada, se esté o no de acuerdo con algunos de ellos, o con ninguno: Colosio, Pedro Aspe, José Córdoba, Manuel Camacho, Ernesto Zedillo, Jaime Serra, Fernando Solana, Otto Granados, José Carreño y varios otros que en este momento se me escapan.

Zedillo tenía animadversión hacia Aspe y no lo ratificó como secretario de Hacienda para manejar un problema cambiario, como el propio Aspe se lo había ofrecido.

El equipo modernizador, compuesto por profesionales tan brillantes como ambiciosos en algunos casos, se había fracturado.

Vino la debacle económica que funcionarios del nuevo gobierno atribuyeron a “los errores de diciembre” (nota de Tim Golden, The New York Times, 16 de febrero de 1995).

Desatada la crisis, la fractura del equipo escaló al reparto de culpas, a la persecución con una bruja contratada por el gobierno, la siembra de un cadáver, el soborno millonario a un preso para que cambiara su declaración ministerial, el contraataque de Salinas, el último golpe de Zedillo.

Todo lo bueno del sexenio 1988-1994 quedó enlodado y lo negativo se magnificó.

El proyecto quedó hecho trizas.

Y con el desprestigio (inducido) de su arquitecto, Carlos Salinas, vino el ascenso electoral de quienes siempre lo combatieron.

Hoy gobiernan México.

Además de matar a Luis Donaldo Colosio, enlutar a México y desgarrar un proyecto, la bala que disparó Mario Aburto dejó beneficiados políticos.

En marzo saldrá libre.

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