Legalizar las drogas, ¿estrategia para combatir la violencia?  

José Luis Parra

La violencia sigue imparable en el país, cual jinete del apocalipsis que deja a su paso guerra y muerte. Y tristemente el gobierno mexicano no acepta su derrota. En la mente de muchos prevalece la frase de “abrazos, no balazos”. O aquella otra declaración presidencial de que “en buena lid” se desarrolla la lucha contra el crimen organizado.

Pareciera burla pero no lo es. El presidente López Obrador, con esta última frase, se refirió concretamente a que la sana competencia es por captar a los jóvenes, a los que el crimen ya no puede reclutar.

Mjú.

Qué dirían al respecto los ciudadanos atemorizados de Guerrero, Michoacán, Zacatecas, Tamaulipas, Morelos del vilipendiado Cuau o incluso Sonora, donde no se cantan mal las rancheras.

“En buena lid” se combate al crimen organizado.

Vaya, vaya, vaya.

Los jóvenes son reserva del crimen organizado porque el Estado no les brinda oportunidades de una vida mejor.

La violencia es un potro salvaje que nadie ha domado. Y a como vamos nadie lo domará, porque prevalecen los intereses. Gobiernos van y vienen y el problema sigue latente. El de atrás arrea, parece ser la consigna. Total que violencia es sinónimo de política. Son entes que conviven, que se necesitan.

Por eso difícilmente veremos una disminución de las acciones violentas.

Si un político lo promete, en el futuro cercano, será un acto más de demagogia.

Quizá en el fondo la intención de AMLO con sus frases fraternas en buena lid es legalizar las drogas, si no todas, sí la mayoría, las más blandas.

Esto no sería novedad. Hay que echarse un clavado a la historia para refrescarnos la memoria:

Por allá entre enero y febrero de 1940 Lázaro Cárdenas publicó el Reglamento Federal de Toxicomanías, que legalizaba las drogas y autorizaba a los médicos a recetar narcóticos a la población adicta.

El revolucionario cambio incluía el establecimiento de clínicas ambulatorias para tratar a los adictos como enfermos, no como criminales.

Por ello fueron despenalizadas la venta y compra de pequeñas cantidades de drogas, incluidas la mariguana, cocaína y heroína. Los que cayeron a prisión por traficar estos enervantes fueron liberados.

Como todo el comercio de las drogas era legal hubo una reducción de precios: La morfina del gobierno se vendía a 3.20 pesos el gramo, precio que en la calle se cotizaba entre 45 y 50 pesos. Además el mercado callejero ofrecía el producto diluido con lactosa, carbonato de sodio y quinina. Un gramo puro costaba cerca de 500 pesos.

¿Pero qué paso?

La aventura fue efímera: El 7 de junio de 1940 el gobierno declaró que la escasez de cocaína y morfina, debido a la Segunda Guerra Mundial, el plan dejó de funcionar. Al mes siguiente se introdujo de nuevo la antigua legislación punitiva de 1931.

El autor de la iniciativa, o sea el hombre que convenció a Lázaro Cárdenas, fue el doctor Leopoldo Salazar Viniegra, un médico que había estudiado psiquiatría y neurología en Francia.

López Obrador inició su presidencia con un perdón político a los barones de las drogas. Incluso su frase adquirió fama nacional: Abrazos, no balazos. Y los decomisos de enervantes disminuyeron a un nivel nunca antes visto, sobre todo de cocaína y heroína.

Como sabemos AMLO es un ferviente admirador de “Tata Lázaro”, el presidente que se atrevió a legalizar las drogas, con lo cual bajó la violencia, los delitos y los precios de enervantes. Pero al parecer no resistió la presión de Estados Unidos.

Hoy, AMLO podría estar preparando una reedición de ese plan. El estira y afloja con los migrantes centroamericanos que buscan residencia en Estados Unidos, sería una buena arma para negociar con cierta ventaja con el Tío Sam.

O la demanda contra armadoras gabachas por el tráfico de armas.

O mejorar las relaciones con la DEA para que sus agentes hagan su chamba en México.

O…

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