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Sucesión: obediencia y rebeldía

René Delgado

Si a fin de ensanchar el margen de maniobra en los campos de su interés, el Ejecutivo resolvió distraer la atención con la apertura de más frentes, el resultado comienza a ser contraproducente: no sólo compromete a su sexenio, sino también la posibilidad del siguiente, sobre todo, si lo concibe como la continuación del suyo.

De seguro, el senador Ricardo Monreal, el canciller Marcelo Ebrard y, en particular, la gobernadora Claudia Sheinbaum están conscientes de esa y otra realidad: la obediencia ciega ya no suma, resta puntos a su próxima y legítima ambición. Excepto el senador, Claudia Sheinbaum y, sobre todo, Marcelo Ebrard están impedidos a practicar la rebeldía calculada, pero de no encontrar equilibrio los tres en la relación con el líder, el desempeño de la tarea pública y el sustento de la aspiración política, su anhelo se podría desvanecer o transformar en pesadilla.

El desafío no es nada sencillo. No urge, pero tomar distancia sin romper la liga con el Ejecutivo y perfilar su propia personalidad comienza a presionar a esos aspirantes. De no conseguirlo, pero de estar resueltos a intentar sucederlo sin entrar a negociar premios de consolación, el siguiente paso sería romper y, quizá, eso lo determine el método de selección del candidato presidencial. Sin embargo, llegar a la ruptura y buscar cobijo en otras siglas partidistas, sólo les permitiría jugar sin grandes expectativas, aunque con la certeza de complicarle la vida a quien postularan el fiel de la balanza y Morena.

La ventaja del mandatario y de esos suspirantes es, para variar, la oposición. Ésta sigue sin entender algo elemental: el banderazo de inicio del concurso sucesorio precipita el juego dentro, pero también fuera de Morena. Y si persiste en oponerse sin proponer; en consagrarse como oposición sin bautizarse como opción; en amalgamarse para frenar sin acelerar; así como en ignorar la necesidad de posicionar cuadros propios o ajenos, susceptibles o capaces de convertirse en polo de atracción y simpatía política, se incorporará al juego tarde y mal, por no decir sin posibilidad.

Hoy da igual si, con tal de salvar el efecto político de la tragedia ocurrida en la Línea 12 del Metro y erigirse como factor decisorio, el presidente López Obrador acertó o erró al precipitar la sucesión. Lo importante es reconocer que el aceleramiento de ella, lo frena a él, aun cuando controle el juego. Si, en verdad, desea ver en su lugar a uno de los suyos, su actuación ya tiene límites.

De no entenderlo así, no se puede descartar que, quizá, lo tienta la idea de ceder la plaza a un contrario, en el ánimo de hacer brillar su obra, aun cuando ésta no alcance el brillo que él mismo presume, cuando no imagina.

En ese juego y rejuego, Claudia Sheinbaum se encuentra en la situación más incómoda.

Los abrazos con que el Ejecutivo la distingue, así como le dan calor, también la sofocan y pueden terminar por asfixiarla. El mandatario le da cuerda, pero no la libera y, así, al impulsarla, la condena, exhibiéndola como una extensión de sí mismo, aunque ella haya sido electa al frente de la Ciudad y él no sea formalmente su jefe. Empero, esas constantes muestras de apoyo y respaldo se revierten o diluyen cuando el mandatario agravia a sectores sociales de la base electoral, en la cual Sheinbaum podría fortalecer su posibilidad como candidata.

El desdén por las mujeres, las clases medias urbanas, los investigadores y científicos, los centros de estudio y, ahora, por el conjunto de la comunidad universitaria si a algún posible sucesor lastima, es precisamente a la jefa de Gobierno, cuya cuna política lleva por sello aquello que el mandatario menosprecia, abomina o asedia. Pese al tímido esfuerzo, Sheinbaum no consigue deslindarse de la postura y la actitud presidencial ni perfilar su propia personalidad e independencia política.

Con el desarrollado instinto político del presidente López Obrador, sin duda, no escapa a su sensibilidad cómo, pese a negarlo, la predilección por Claudia Sheinbaum queda bajo los escombros de los lances políticos que él ha emprendido recientemente. Desde esa óptica, si ambos van a jugar el uno-dos en la sucesión, más pronto que tarde, Sheinbaum se verá obligada a dejar su puesto para ocupar una posición que le permita proyectarse a nivel nacional y armar, con mayor libertad e independencia, su propio discurso y campaña. Y, en esa órbita, sólo gira el partido.

Quien ya entendió el nombre del juego es el senador Ricardo Monreal y, por lo mismo, corre con pies de plomo en la cuerda floja del Senado.

Practica una rebeldía calculada observando cómo se mueven las piezas en el tablero, cuidándose de las cuñas que lo aprietan como jefe de la bancada de Morena y midiendo por milímetros el manejo de las iniciativas presidenciales para, sin dejar de dar satisfacción al Ejecutivo, tender puentes y abrir puertas con aquellos sectores que las resisten y, así, encontrar puntos de apoyo a su aspiración política o, bien, calcular en qué momento levar anclas.

La incógnita es Marcelo Ebrard. A diferencia de Sheinbaum y de Monreal su posición no tiene respaldo en las urnas y, en tal condición, su margen de maniobra es aún más estrecho, aunque tiene la llave de la relación con Estados Unidos. Sabe eso, como también que, de no hacerse de la candidatura presidencial ahora, habrá llegado a la estación terminal de su carrera. Se muestra sereno, pero se come las uñas.

Más allá de lances y maniobras para dominar la escena, distraer la atención, ejercer el mandato y concentrar el esfuerzo donde interesa, queda una duda: ¿el mandatario reconoce que, al desatar a los posibles sucesores, se ató a sí mismo?

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