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La CIA en México

Jorge Fernández Menéndez

Se entiende que una visita del director de la CIA no deba publicitarse ampliamente, pero la que está cumpliendo el nuevo director de la muy poderosa central de inteligencia estadunidense, William Burns, es, desde todo punto de vista, “absolutamente inusual”, como incluso reconoció la exembajadora de México en Washington, Martha Bárcena.

Burns llegó a México desde el miércoles, el presidente López Obrador dijo ayer que llegaría “en los próximos días”, la cancillería no dijo cuándo llegó, pero dice que hoy se reunirá con mandos de la Sedena, la Marina y del Centro Nacional de Inteligencia. Al mismo tiempo se dijo que venía para organizar la visita de la vicepresidenta Kamala Harris.

Obviamente, no sabemos la agenda con la que viene Burns, un director de la CIA con una notable carrera diplomática previa, pero es poco creíble que venga a organizar la visita de la vicepresidenta Harris. Las visitas de los mandatarios estadunidenses siempre son preparadas, en términos diplomáticos, por el departamento de Estado, cuyo titular, Antony Blinken, tiene programada una visita, pero a Costa Rica, para la próxima semana y, en términos de seguridad, por el servicio secreto. Cualquiera que haya cubierto visitas de mandatarios estadunidenses recordará los encontronazos que se producían entre el servicio secreto y el Estado Mayor Presidencial en anteriores visitas por los movimientos y la seguridad de los mandatarios, pero como el EMP se supone que ya no existe, eso seguramente quedará en el pasado.

La CIA, más allá de estereotipos, es uno de los servicios de inteligencia más eficientes del mundo y su labor se concentra en un punto: los desafíos externos que afronta Estados Unidos. Y vaya que hay temas, dentro de México y en la agenda bilateral, que pueden afectar la seguridad interior de ese país.

Aquí seguimos institucionalmente subestimando muchos de esos desafíos y alejándonos de la relación con Estados Unidos. El desafío del narcotráfico está más presente que nunca, con una política de retracción hacia los grupos criminales que los termina haciendo más fuertes.

Tenemos temas de colaboración bilateral en el ámbito del terrorismo y el cuidado de las fronteras que han tenido éxito para evitar la infiltración de terroristas, que han sido muy eficientes desde los atentados del 2001. En Washington, en más de una ocasión, se ha destacado el temor de que los grupos criminales en México terminen cobijando a organizaciones terroristas (ya ocurrió en las relaciones con grupos del narcotráfico con las FARC y el ELN colombianos y en casos menos claros de relación de Los Zetas con Hezbolá) y por la propia actividad terrorista de nuestras organizaciones criminales.

Me imagino, no es más que un ejercicio de imaginación política, que debe haber preocupación por el derrotero de la administración López Obrador. Para nadie es un secreto que Rusia y China están en las prioridades de seguridad de Estados Unidos, países a los que acusa de espionaje industrial, de hackear sus sistemas y robar información y de haber intervenido, sobre todo Rusia, en los procesos electorales de 2016 y 2020. Con ambos, pero mucho más claramente con China, existe una guerra comercial inocultable. La administración López Obrador tiene una posición muy amistosa con ambos países, que están ampliando su influencia en América Latina.

El canciller Marcelo Ebrard estuvo en una visita de tres días en Rusia, supuestamente para ver temas de vacunas, que, hasta ahora, no se han terminado de concretar, visita que terminó con elogios nada menos que para Vladimir Putin, una invitación a que visite México y un agradecimiento a Rusia, incluso con un tuit escrito en ruso. Ni una crítica a la violación de derechos humanos, tampoco en el caso de Bielorusia, mucho menos con Venezuela o Cuba.

El presidente López Obrador, mientras tanto, dice que Estados Unidos interviene, sin tener prueba alguna de ello, en la política mexicana; que incluso la degradación del sistema aéreo se hizo sólo para que crezcan en México las líneas aéreas de Estados Unidos y que la auditoría de la FAA “estuvo mal hecha” (la SCT dixit); ayer reiteró que algunos países “se sienten los dueños del mundo”, hablando precisamente de la Unión Americana. Fue a Washington a hacer campaña, así fue interpretado en Estados Unidos, en favor de Donald Trump y defendió implícitamente la teoría del fraude en los comicios de noviembre pasado.

Pero hay más. La llamada ley de seguridad que se aprobó en noviembre pasado lastimó profundamente las condiciones de colaboración con Estados Unidos y sus agencias de seguridad, colaboración que, hay que decirlo, había sido lastimada previamente con la detención injustificada del exsecretario de la Defensa, el general Salvador Cienfuegos. Entre las normas que establece la ley es que cualquier agente de una agencia extranjera (hablemos de la DEA, el FBI, la CIA, El Mossad o cualquiera de las muchas que operan de una u otra forma en México), no sólo deberá estar registrado y presentar un informe mensual de actividades, sino también compartir con las autoridades mexicanas los hallazgos que pudieran realizar.

Hay muchos otros puntos estrictos en la norma, aunque todo lo relacionado con la obligación de compartir información, por supuesto que entra en el terreno de los deseos. Pero esa ley lastimó la colaboración y, entre otras cosas, por eso está el señor Burns en México.

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