Philip Roth premio Grammy por Álbum del año, Juan Luis Guerra Nobel de Medicina por “La bilirrubina”, José Mourinho el de la Paz “por sus esfuerzos para la comprensión entre deportistas hermanos”, y por ahí se va la lista de despropósitos… Es obvio que este arranque tiene que ver con uno de los reconocimientos más osados de la historia: el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

 

Las aguas se dividen. Por un lado están quienes lo celebran, que no son pocos músicos y amantes de la música, y luego los doctos que consideran una burla a semejante fallo. Ojo, tampoco hay que equivocarse. Escritores como Salman Rushdie, Sergio Ramírez, Margo Glantz, Joyce Carol Oates o Richard Ford avalan esta decisión con parabienes de todo tipo.

 

Hablar de Dylan es hablar de la música con sentido más allá de la melodía. También lo es aludir a un artista poliédrico. Su apuesta fue crear un personaje en donde la calidad de la voz estuviera por debajo del mensaje que transportaba. En ese caso, puede decirse que fue un precursor. De su etapa folk, erróneamente tildada bajo el adjetivo de protesta, piezas como “The Times They Are A Changin”, “Blowin In The Wind” y “Mr. Tambourine Man” fueron decisivas para que el rock diera el vuelco absoluto que aún los Beatles no lograban concretar con sus letras.

 

A favor del cantante poeta

 

Mucho se dice de la incorruptibilidad artística de Dylan. Sus seguidores más acérrimos la enarbolan como si fueran talibanes ante su líder. No obstante, las cosas como son: el artista siempre tuvo clara su búsqueda de fama. En el documental “No Direction Home” de Martin Scorsese vemos a un joven mitómano y ladrón de repertorios ajenos.

 

En su libro “Crónicas: Volumen I”, el viejo Bob se sincera y habla de la década maldita de los 80.

 

Obvio que relata su sufrimiento al perder autoridad en el gremio, hasta el punto de abrirle los conciertos a su discípulo más ligth: Tom Petty. Son los mismos años en los que renuncia a su independencia artística cuando acepta formar parte de los Traveling Wilburys, aquel supergrupo que lo juntó con George Harrison, Jeff Lynne, Roy Orbison y, maldición gitana, Tom Petty. Ya saben que la desesperación tiene muchas caras.

 

Pero, volviendo al Nobel, se pueden blandir muchas defensas. ¿Qué busca el artista cuando escribe? Atrapar el momento estético, reflejar realidades y, de ser posible, cambiar el presente.

 

¿Acaso eso no lo hizo éste señor desde que salió en los 60 recitando versos con una guitarra pegada a una armónica?

 

Entonces, premiar a Dylan es, además de darle el galardón a un ser de carne y hueso, reconocer que el rock tuvo (y tiene) carnaza para ser considerado un paradigma cultural del siglo XX. Si éste hombre es una decepción en sus actuaciones y un grosero a carta cabal, pues tampoco lo es en menor medida que otros honrados como V. S. Naipaul o Camilo José Cela.

 

La secretaria de la Academia Sueca de la Lengua, Sara Danius, fue tajante cuando el 13 de octubre hizo oficial la noticia: “Bob Dylan es un gran poeta (…). Es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa, que va de Milton y William Blake en adelante. Al mismo tiempo, es un autor que abraza la tradición (…). Así, su repertorio incluye canciones folk de los Apalaches, blues sureño del

Delta del Misisipí, hasta llegar a Rimbaud y al modernismo francés. Y maneja esa herencia de esta forma absolutamente original. Nadie ha hecho lo que él ha hecho”.

 

No necesita más fama

Ahora, a varios días de no tener respuesta por parte de Dylan, la discusión se bifurca en múltiples deltas. Él no es un escritor, pese a “Tarántula” y la ya mencionada “Crónicas: Volumen I”. Tampoco necesita el dinero. Y menos el reconocimiento. Parece que la Academia Sueca de la Lengua hace un corte de mangas 20 años después de haber sonado el nombre de Bob Dylan en sus quinielas (Allen Ginsberg mediante). Reconoce a un juglar moderno, sale de su corsé tantas veces criticado y dice que, precisamente, de la música nació buena parte de la herencia literaria de occidente.

 

Se ataca el formato, quizás. Entonces, suerte que a T.S. Eliot nunca se le ocurrió cantar “Wasteland” con una lira. Pero acá estamos para los datos: la edición bilingüe al español de las letras de Dylan, que van de 1962 a 2001, consta de 1280 páginas. Habría que calcular cuántos poemarios cabrían allí, y eso que no contamos los versos habidos en discos posteriores como “Modern Times”, “Together Through Life” y “Tempest”.

 

Resulta curioso que muchos poetas y escritores universales se reconocen como músicos frustrados o confiesan su intento de hacer música con las palabras. La Academia Sueca de la Lengua hizo una excepción ante alguien que lo ha logrado. Entonces, ¿a qué estamos jugando?

 

A este punto lo mejor será invocar aquel proverbio árabe: “los perros ladran pero la caravana avanza”.

 

El ruido, hace días ensordecedor, ahora mismo es un eco de tres carcamales.

 

Ni más ni menos.

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